¿Y qué culpa tuve yo?

escrita por Inés Boccanegra dedicada a A las personas a las que la naturaleza les privó de ser bellas y están solas

domingo 5 febrero 2017    2.17 corazones

¿Y QUÉ CULPA TUVE YO?

 

Te escribo, amor, aunque no sepa tu nombre. Te escribo hoy, afligido el pensamiento, melancólica y doliente por aquello que jamás llegó, por unos besos que esperé toda la vida; que no se arrimaron a mis mejillas ni llegaron al puerto calmo de mis labios.

Te escribo hoy con el corazón cansado, aguardando bajo este árbol que me cobija de las sombras pero que no evita que mis sueños se calcinen mientras te pregunto: ¿y qué culpa tuve yo?

Ya me hubiese gustado beber de la fuente de tu boca fresca, perderme en la tormenta de mil besos, extraviar mi mirada en tus ojos. Ya hubiese querido nadar en ellos, extasiarme en ellos, vivir por ellos. Mas de eso, de pasiones y desvaríos, nada conocí. ¿Qué culpa tuve yo?

Ahora me miro al espejo, argentinas ya mis sienes, gris el resto del cabello, rendida la mirada al paso de los años, a la vida y a tu ausencia. Me devuelve este azogue, maldito, un retrato certero de mí misma. ¿Quién soy? ¿Soy aún una mujer? ¿Lo fui alguna vez si la flor de mi jardín no amaste nunca? Ahora, como todo en mi ser, se agosta entre pliegues y sequías, pues yermo quedó primero el vergel de entre mis piernas, luego el corazón y, finalmente, el alma misma. Ya, amor, no queda más humedad que la que corre a veces por las mejillas en este llanto callado mientras te pregunto, otra vez, ¿y qué culpa tuve yo?

Guardo en un cajón cartas y poemas, abrazos de tinta, cosas que quise decirte cuando vinieras a mi lado. Ahí, en la oscuridad del mueble, descansa el cuerpo de un cadáver de papel y versos. Polvo y olvido de aquello con lo que quise agasajarte. Palabras que no se llevará el viento, letras más bien que sepultará la soledad; esquelas sin más destino que un fondo de penumbra que huele a romero seco y a feroz silencio.

Ya me hubiese gustado caminar contigo por la orilla, los pies descalzos y la mirada al frente. Pasear sin más charla que el susurro de las olas, estofada la tarde por las luces últimas del día. Mas no hubo otra cosa que el chascar de mis pisadas sobre las hojas que alfombran el camino otoñal de mi existencia. No hubo, no, flores ni paseos junto a ti. ¿Qué culpa tuve yo?

Ya tu tiempo se acabó. También el mío, a qué engañarme. No espero otra cosa que más silencios en esta casa vacía. La puerta cerrada con llave desde la media tarde porque no voy a ir a ninguna parte y tú no vas a venir.

Pronto echará la noche su velo de mortaja sobre el ocaso. Me invadirá el cansancio y acaso me abrace a la almohada. Soñaré que salgo de este cuerpo que tantos amores ahuyentó. Me liberaré, tal vez por unas horas, de estos ojos pequeños, de mi piel mortecina, de la insignificancia de mi cuerpo huesudo, de mi espalda combada y de este aspecto repulsivo que convirtió mi cuerpo en desierto, ahuyentó a los hombres y me dejó sola. Seguiré al despertar soñando con que vienes y me amas. Sin saber tu nombre, ni la hora ni el día en que al fin me besaste. Sentiré, al fin, el roce de unos labios, fruto clandestino que quise probar antes y no pude. No habrá azogue, ni reflejo convertido en cruel burla, en esta fealdad irredenta que tanto me suplicia. Te miraré a los ojos y diré todo aquello que callé. No preguntaré si de todo eso tuve yo la culpa. Cerraré los ojos y esperaré sentada en la eternidad, el tibio calor, amor, de esos besos tuyos que no llegaron nunca.

 


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