Una carta en tiempos de mails

escrita por Ana Vashenko dedicada a A un ex amor

miércoles 10 febrero 2016    2.85 corazones

Hoy pude sentarme a la mesa y cenar sola. Me era imposible antes. Necesitaba estar con alguien o ponía excusas para evitar ese momento y  me iba a dormir mirando la televisión. Precisaba voces y presencias aunque fuesen ficticias. Quizás te parezca una estupidez cómo algo tan trivial puede resultarme un logro. La realidad es que cuando uno vuelve a quedarse solo cada cosa cotidiana es una hazaña. Es ahí donde me pregunto cómo puede uno acostumbrarse tan rápido a compartir. Y cuando digo eso me refiero a cualquier cosa o a todo. Yo cocinaba, vos limpiabas. Yo ponía los platos, vos levantabas la mesa. Yo estoy cansada, vos me esperás. Yo sigo dudando, vos nunca lo hiciste. ¿Ves? Nos complementamos hasta en el más mínimo detalle. Creo que de eso se trata la pareja: tener una compañía que te encastre tan exacto como lo hace el ying con el yang, la última pieza del rompecabezas o Yoko  que no podía ir con otro que no fuese Lennon. 

No la pasé bien, tal vez por eso es la primera vez en tantos días que tenés noticias mías. Bueno, tampoco son tantas pero te comparto un logro de algo cotidiano que en su momento me resultaba doloroso. Llegaban las 21, aproximadamente, y se me hacía un nudo en la garganta. El final del día se volvía insostenible, es ahí cuando la soledad se hacía real. La cama me resultaba muy grande. Antes, en ella, te veía dormir, abrazarme y te imaginaba acunando a nuestro hijo imaginario. Te veía en pasado, presente y futuro con todos los verbos conjugados en ahora. De a poco, me fui estirando un poco más. Un día, dejé de dormir de costado y me puse boca abajo, abracé la almohada y estiré el otro brazo. No era necesario acurrucarme para dejar espacio para vos. Tal vez sea simbólico, pero ese lugar más grande que ocupaba en la cama es la distancia exacta que siento con vos. Ahora, sola en la habitación tengo mi lugar. Ni te cuento hoy, amanecí atravesada en el somier. Literalmente desparramada. Me desperté, desperecé y, sentada en la cama, me refregué los ojos. Miré al costado  y no me sentí angustiada por no verte. Me di cuenta que te extrañaba un poco, digamos que lo suficiente como para querer escribirte esta carta.

No puedo imaginar tu cara al recibir una carta por correo postal. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te escribió a mano? Lo hice por la simple razón que si te mandaba un mail ibas a saber cómo me siento en este momento pero yo necesito que sepas cómo me sentía tres días atrás de cuando hayas recibido esto. Seguramente cuando la tengas entre tus manos haya avanzado en este asunto loco que yo llamo “cambiarme la piel”. Siempre fui así. Soy nómade de mí. Necesito volver a nacer y sentir que puedo dar más que lo que dí hasta ese momento. Eso es lo que me pasó ahora, mi amor. ¿Te acordás que siempre te repetía la frase de Galeano “Es necesario perderse para volver encontrarse”? Sentí que no era yo, que me había despersonalizado y hasta hablaba en plural. No quería perderme pero así lo hice.  ¿En dónde quedó mi creatividad, mi vida? Ya no sabía cómo sorprenderte y, menos aún, cómo hacerlo conmigo.

Hoy pude cenar sola y comer mi plato preferido. Recogí la mesa y lavé todo. Me puse música y empecé a escribir esta carta. No puedo dejar de preguntarme qué sentimiento me invadirá en el mismo momento en que la estés leyendo. Quizás me sienta distinta pero no puedo saberlo. Sólo quería que supieras que hoy estoy así. En tres días más voy a avanzar en la búsqueda sobre mí misma.

Hoy me reí, mi amor. Estaba caminando por la casa, me tropecé y no hace falta que te diga la gracia que me causan los tropezones. Lo importante es que me reí a carcajadas bien desde adentro. Hasta lloré de la risa y después de emoción cuando me di cuenta que hacía mucho que no le ponía sonido a mi alegría.

Hoy me siento bien, mi vida, porque estoy cambiando la piel pero el único modo de haberlo logrado es habiéndome lastimado antes. No hay otra forma de pararse ante la vida y querer cambiarla si no es a partir de algo que te duele. Por eso es que ahora estoy en la cama, que ahora me parece pequeña, escribiéndote esto.

No te veas en el compromiso de escribirme una carta. Sólo quería que supieras cómo estoy. Respondeme, o no, como lo prefieras. Si querés  tocame el timbre, vamos a dar una vuelta a la plaza y nos sentamos en el cordón de la calle a charlar. Fijate que no sea el fin de semana que está anunciada lluvia. Si es así, llevo el paraguas pero ojo, porque tomar mate bajo el agua en una plaza, va a hacer que vuelva a enamorarme de vos. Como ya lo estoy pero con más intensidad. Me alejé porque necesitaba enamorarme de mis locuras y porque siento que te habías enamorado de esa que era. Necesitaba devolverte la risa a vos también y espero volver a hacerlo cuando termine esta búsqueda que, a algunos, les lleva toda una vida.

Te dejo porque estoy con sueño y, cuando es así, empiezo a divagar. Te saludo, con tres días de distancia y 72 horas más de caminata.

No te olvides, hoy cená solo. Cocinate tu comida preferida y tomá el vino que tanto te gusta. En tres días voy a hacer lo mismo. Entonces vamos a cenar juntos en el pensamiento, como lo hacíamos siempre cuando no estábamos conociendo. Y yo voy a soñar con vos y vos conmigo como lo seguimos haciendo.

Te mando un abrazo y un beso que ocupen tu otro lado de la cama. Cambiá la piel vos también, se siente hermoso.

 Ana


En esta web utilizamos cookies, tanto propias como de empresas colaboradoras, para obtener datos estadísticos de la navegación de los usuarios, lo que nos permite mejorar la información y la publicidad que te mostramos y adaptarla a tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Más información