Todo lo que tengo por ti

escrita por Un amigo dedicada a Mi china

miércoles 7 febrero 2018    0.00 corazones

No sé por dónde comenzar ni por qué o para qué lo hago. He descubierto que hay cosas que no tienen principio ni fin, simplemente existen desde que todo fue creado. El plural no es exacto, es singular: el amor. Dios es Amor y su nombre es Yo soy. No tiene pasado, presente ni futuro. ES. Así el amor es su don más grande, porque sin él no hay vida ni resurrección, sin él la muerte y el vacío imperan. Solía creer que amar era un punto al que se llega por el gusto, la amistad, el cariño, la complicidad y la pasión crecientes en una evolución más o menos lenta o rápida según las circunstancias. ¿Pero alguien puede decirme cuándo comenzó a amar? Solo ahora comprendo que no. Una persona apenas puede darse cuenta que lo hace y cree haberlo descubierto. Pero no hay una línea y un momento para cruzarla; no hay un interruptor, un botón o una luz que se encienda para advertirlo. Si existiera, vivir sería una mera transacción en la que se conoce o calcula cuánto y cómo pagar. Felizmente no es así. De repente uno despierta y comprende que algo inenarrable le inunda el alma. Ya no hay retorno. Se está demasiado cerca de la divinidad y las alas se queman y funden por su luz y calor y ya nada volverá a ser como antes. Refiriéndose a un concepto diferente un poeta decía que del Sol no se sale y el ser humano no es Dios. Algo así hay que compartirlo. Un cuerpo finito e insignificante no puede atesorarlo, es trasvasado en todas direcciones y solo entregándolo y entregándose por completo encontrará sosiego. No hay razones que lo expliquen.

Por el camino se han adornado los pequeños motivos. Tal vez se ha construido un estado de bienestar sobre la satisfacción de apetencias y necesidades propias, quizás no. Mas, cuando estas dejan de importar o pasan a un segundo o tercer plano, se ha operado una transformación salvadora: el dolor, el egoísmo, los celos, ya no lo son más… o tal vez siguen estando en la medida de nuestra imperfección, pero empequeñecen, casi se anulan o se guardan solo para un momento de la almohada, ante la posible felicidad ajena. Es el punto en que las imperfecciones, aunque se reconozcan, son perfectas, en que hay una comunicación que sobrepasa las palabras, cuando la voz nos falla para decir lo que nos inquieta, en que se “adivina” la necesidad y el deseo del otro incluso estando lejos, en que no hay riqueza más grande que su sonrisa de sincera felicidad, que aliviarle una pena, que apoyarle en cada emprendimiento, que entregarle cada gota de sudor, de sangre, cada beso, cada gesto, caricia, silencio, cada aliento de vida, cada átomo del cuerpo, que estremecerse al contacto de su piel y vibrar con su mirada siempre como el primer día aunque las tormentas y la rutina se ciernan sobre ambos, que perdonar todo y aun pedir perdón por todo, en que la distancia duela y arda como una braza ardiente sobre el pecho, en que no halla lengua humana capaz describir lo que se siente.

¿Pero qué hacer con todo eso cuándo se llega a la situación en que el absurdo o una lógica “razonablemente” opuesta terminaron por romper la relación? Y justo después de esa ruptura todo ha crecido más, se ha entregado más, se intentó luchar por vías desesperadas y nada resultó o simplemente el resultado no fue el esperado. Y ahora, meses después, hay que conformarse con saber que alguien más la abraza. Pero no hay manera posible de olvidar sus besos, ni de dejar de extrañarla y buscar afanosamente aquello que la hace feliz, ni de rezar por su bienestar, por su paz, o dedicarle el primer y último pensamiento de cada día y hasta callar y rumiar esa extraña mezcla de amor y dolor, porque incluso así, verla y conversar con ella es como tocar el cielo, una sensación inefable, un gozo que por desgracia se disipa en cuanto nos separamos y vuelvo yo a mi vida vulgar y corriente, sin más anhelo que verla de nuevo y la incertidumbre constante o la certeza todavía peor de que algún día, no tan lejano, no la veré más.

Y esa posibilidad se vuelve aterradora pues tengo la certeza de que ella ha sido uno de los más grandes regalos que Dios me hizo y que sólo de ÉL puede venir un amor así, solo ÉL puede engendrar tal maravilla. Y mi naturaleza clama que luche, que no arroje las armas, porque pelear y trabajar incansablemente por mis sueños es connatural a mí, es mi forma permanente de vivir y no importaría ningún ridículo con tal de gritarlo a los cuatro vientos. Y como solo Dios puede entender el más grande de los sacrificios, la miro y callo todo lo que puedo y la ayudo y ofrezco cuanto tengo y soy por su bien, para que el mal se aleje de su puerta y nadie le haga daño, para nada apague su alegría, para que algún día nos encontremos en el Reino de los Cielos. Y sé finalmente que este es mi único clamor posible, mi catarsis y, al mismo tiempo, mi última esperanza y mi forma de desear su felicidad aun a costa de la mía; o más bien de transformar su felicidad en la mía, con su sonrisa por mayor ambición, aunque quisiera abrazarla y vivir con ella cada segundo de los que me queden en la Tierra.

 


En esta web utilizamos cookies, tanto propias como de empresas colaboradoras, para obtener datos estadísticos de la navegación de los usuarios, lo que nos permite mejorar la información y la publicidad que te mostramos y adaptarla a tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Más información