TENER LA ETERNIDAD

escrita por Inés Boccanegra dedicada a Mis padres

domingo 5 febrero 2017    1.75 corazones

Podrá la muerte 
cubrirme con su fúnebre crespón; 
pero jamás en mí podrá apagarse 
la llama de tu amor.

Gustavo Adolfo Bécquer

TENER LA ETERNIDAD

Madrid. 16 de septiembre de 1631

Querida Luisa:

Ya podrían mil soles alumbrar las mañanas de mi alcoba, o mil lunas de plata bañar la cama donde paso las horas últimas: desde vuestra ausencia solo hay sombras. Un bosque inasible de sombras, de flores de penumbra que brotan a la luz mortecina del crepúsculo. Sombras, mi vida. Sombras nada más.

Exhalo el poco aire que me dejó tu marcha y el que me permite la herida que entró en mi pecho como un rayo que no cesa. Aunque, bien lo sabéis, han de doler más aún las llagas del alma; aquellas que flagelan hasta el último rincón de mi espíritu cuando quiero tener unos besos que ya no van a llegar, de unos labios que ya no están, que ya no son, que ya no viven. Aquellos que quise pedirte y, ahora que no estás, anhelo en esta declaración de amor postrera.

Padezco, sí, amor, el silencio más hiriente, el más amargo, el más frío, el más cruel, el que me amordaza y me solivianta los sentidos. Y es que en este duermevela de destemplanzas y desvaríos, alzo la voz y os pido, incluso aunque no estéis, que me digáis que me queréis, que me amáis como yo os amo. Mas, bien lo sé, no hallaré más que el silencio, que es hijo de la ausencia y del luto que borda con tules negros mi existencia.

Y así han de pasar los días hasta que me llegue la hora, que no debe andar ya lejos. Mas, ¿creéis que eso me importa? No. No es la muerte el final de todas las cosas. No, si vais a estar aguardándome. No, si voy a poder  abrazaros como en vida quise. No, si podré deciros que os quiero. No, si estáis. No, si os tengo. No, mi vida, si ya no habrá nada que nos separe, que nos mortifique, que nos duela.

Esta noche, Luisa, volví a soñar con vos. Mas no aparecíais en él con la piel agostada por el infame mal que, como un vendaval, os arrancó de mi lado. Os volvían a brillar esta vez los ojos como dos luceros. Erais de nuevo vos, Luisa, la de los andares de infanta, la de la sonrisa de miel. Erais, válgame el Cielo, la niña que amé cuando era yo niño; la joven que yo amé cuando joven fui; la flor más hermosa que ahora recuerdo en este valle de lágrimas. Erais… Erais vos.

Y me abracé esperanzado a ese sueño, pero desperté. Desperté y me hallé de nuevo en esta alcoba, en este cuarto trabado de brumas, de miedos, de aflicciones. Me volvió a doler la herida que me ha traído a las puertas de la muerte. Me volvió a llegar el recuerdo feroz de vuestra ausencia. Y lloré. Lloré lágrimas ásperas como el esparto que me arañaron las mejillas y ahogaron mis lamentos.

¿Qué son esas sombras? ¿Qué tanto silencio…? Ah, lo sé… En esta madrugada de sigilo, vuelvo a declararos lo que siento.

Nada habéis de temer. Salí a buscaros como cada domingo. Dormitaba Madrid todavía entre el paso de rufianes borrachos y el olor de las bostas de la caballería de plazas y callizos.

Dos rosas rojas llevaba, porque a vuesarced mucho os gustó siempre el aroma de esas  flores recién cortadas.

Ahora puedo, amor, sentir el aire tibio de vuestro aliento, aunque ande aquí flirteando con esta anciana que me mira y sonríe, maldita y callada, esperando no sé qué para apartarse y dejarme franco el paso y poder veros de nuevo. Estoy tan cerca —aun estando tan lejos— que me parece veros pasear por la calle Mayor o por el Prado, mirándome de vez en cuando, provocando con la chispa de vuestros ojos el incendio eterno de mi pecho.

Se me pasó el frío, acalorado mi cuerpo por el ardor de este corazón que anhelaba cada encuentro con vos, aunque tales no fueran sino palabras, soliloquios de este ya viejo amante, que fue bellaco hasta el día en que os conocí, y hombre por el amor tomado tantos años después de vuestra marcha.

Al fin llegué a la tapia encalada. Luego, tras cruzar la cancela, os encontré, bendita en vuestro descanso. Hinqué una rodilla en tierra y dejé las flores sobre el mármol mientras decía: os amo. Luego dime la vuelta y abandoné el camposanto con el alma arrebatada y vencida por tanto desconsuelo.

Han pasado tan largos los años, os digo, que hasta mi memoria se traba al intentar recordarlos. Mas no os olvido ni os falto. Esperadme os lo imploro por lo vivido, por lo soñado, que aquel jayán mal encarado buen favor me hizo en aquella madrugada, pues debió seguirme desde las últimas calles para esperarme tras visitaros. Allí sacó acero el vil y me hirió las carnes para robarme.

Las gracias doy porque fuera al salir del cementerio, pues agria muerte me esperaría si me hiere mal y me quita las rosas que os llevaba.

Me deja paso ya la señora, llenaos de gozo si un día me amáis como yo os amo; si el tiempo no ha cubierto, lo mismo que vuestro bendito cuerpo, de malvas y tierra el amor que os tuve. Salid si así os place a recibirme, porque no habrá Cielo, ni quererlo quiero, si no estáis vos en él. Alargad vuestras manos, me exhorta la muerte en este mi último aliento. Se enfría, amor, mi carne herida por el acero, mas hierve mi pecho en este latir postrero. Me tiembla el pulso, se agosta mi vida como las flores que cada domingo dejaba en vuestra sepultura.

Me voy, amada mía, pero regreso. Regreso al fin junto a vos. Me… me muero, amor...

¿Qué son estas sombras…? ¿Qué, tanto silencio? ¿Qué, este frío que me embarga? ¿Dónde estoy? ¡Ah, lo sé! Ha de ser este el Paraíso porque de nuevo os veo. Podré entonces tomar vuestras manos, decir os quiero y tener la Eternidad, amor, para repetirlo.

 


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