Te quiero

escrita por Ibra Assez Fou dedicada a Mi última EX

sábado 13 febrero 2016    1.62 corazones

Soy superficial. Sí, lo soy, lo tengo muy claro, y a veces me doy asco a mí mismo por serlo. Pero no por ello dejo de serlo. Pero bueno, eso es otro tema que ya trataremos más adelante.

Centrémonos en imaginar, que para empezar, ya es algo más ilusionante. Imaginad... Imaginad todo lo que os voy a contar.

La ultima chica con la que estuve era preciosa. Así, sin más. Ahí no os pido que imaginéis nada, solo que tengáis presente que era preciosa. Hablábamos, en broma, hasta cierto punto, de tener hijos. Ella decía que quería que le diera uno; yo decía que, como mínimo, le iba a dar medio equipo de fútbol. Ella reía, babeaba un poco, saltaba encima mío, me besaba fuerte y apasionadamente y se volvía a su esquina del sofá. Desde ahí seguía mirándome sin dejar de sonreír.

Un día, eso que habían sonado siempre a bromas, sonó mucho más serio. "Algún día quiero que me des un hijo" me dijo. Yo sonreí, la besé y permanecí ahí, en silencio.

¿Os he dicho ya que mi ex es preciosa? Pues a ello sumad que también es muy inteligente. 

Se le oscureció de pronto el rostro y, levantándome la cara con un suave gesto con una mano, me preguntó: "¿Qué pasa, cariño?". Yo vacilé por un segundo pero al final me sinceré con ella.

Volvamos a lo de imaginar. Imaginad que un día os levantáis al lado de la persona que amáis; amáis, de amar hasta matar o morir por ella. Literalmente. Ella —o él. En mi caso, es ella— sigue durmiendo. Hasta se le cae la baba por una mejilla, y sonreís porque hasta eso es precioso. Os metéis en la ducha, cantureáis en voz baja para no despertarla, y al terminar salís del baño en pelota picada. Ella está ahí, encima de la cama, con su cara de recién levantada, sus pelos de loca de vida y su mejor sonrisa. Os mira y se os encharca el corazón de felicidad. Os acercáis a ella, la besáis a modo de buenos días y os vestís. Ella no os quita la mirada de encima en ningún momento ni deja de sonreír. Os termináis de vestir os acercáis a ella para un último beso de despedida. Ella se lanza a vuestro cuello y os atrapa con piernas y brazos y os tira encima suyo. Sus rogativas y súplicas consiguen persuadiros y os quedáis ahí, con ella, estirados encima de la cama, al menos cinco minutos más. Luego la verdadera despedida: un beso que duele, una puerta que se cierra y un suspiro de más. Al otro lado de la puerta os quedáis alrededor de un minuto, como en ralentí. Luego os ponéis en marcha hacia la vida.

Ahora imaginad que a eso de las seis de la tarde suena el teléfono y al otro lado de la línea una voz de telefonista pregunta por vosotros, porque el primer número de la agenda de vuestra chica, aquel que empieza por AA (Avisar A), es el vuestro. Imaginad también que la recepcionista os cita a tal hora, en tal hospital, en tal planta, en tal habitación... Y os faltan piernas para correr, tiempo para llegar y corazón para resistirlo todo. Pero llegáis.

Ahora imaginad que entráis en tal habitación, cuyo silencio sólo eclipsa el pit-pit del respirador al que vuestra chica está ahora conectada, que os acercáis, tan tórpemente como las lágrimas os dejan hacer, a aquella cama, que os sentáis a los pies de la misma, que os limpiáis las lágrimas, que ponéis una mano sobre las piernas de vuestra chica y...

Ahora imaginad que con el sobresalto, los ojos como platos y el corazón casi paralizado levantáis lentamente las sábanas y... en efecto, ahí ya no hay nada: vuestra chica no volverá a caminar jamás.

Ahora recordad lo superficial que soy yo (en el fónde todos lo somos, aunque uno lo sean un poco más que otros). ¿Qué hago, sigo ahí, a su lado, fingiendo amarla tanto como antes, o incluso más —porque ella ahora me necesitará más que nunca— lo que me quede de vida; me quedo ahí, a su lado, fingiendo amarla de la misma manera, siempre a la espera de que ella vuelva a ser fuerte para abandonarla, o salgo corriendo de la habitación y no vuelvo a dar señales de vida?

Haced el esfuerzo de tener siempre presente mi superficialidad.

Por fortuna, nada de esto ha pasado jamás.

Pero volvamos a nuestro relato. A su pregunta de "¿Qué pasa, cariño?", yo me sincere y contesté lo siguiente.

"Vida mía, quiero tener contigo tantos hijos como seamos capaces de mantener, pero no quiero que te deformen. No quiero despertarme un día a tu lado y llorar, sabiendo que te sigo amando, pero que ya no te deseo. Y no te deseo porque algo en ti ha cambiado: tienes estrías; ya no sientes placer a la hora de hacerme el amor; tienes el vientre arrugado y desde que salió de él nuestro hijo, no ha vuelto a su sitio... Por otro lado también está el posible odio que yo pueda desarrollar hacia el principal causante de dicha situación, hacia mí propio hijo".

Dos cosas que decir sobre esta respuesta.

Uno, soy un absoluto capullo y un imbécil. Yo la amaba, ergo, pretendía estar a su lado hasta la muerte. Cuando no, hasta la vejez. Y la vejez implicaba exactamente eso: las estrías; el no sentir siempre placer; el vientre, tetas, culo, cara, la piel en general, arrugados, etc.

Dos, nunca te lo he llegado a deci —me dirijo a ella porque a vosotros ya os he contado lo suficiente—, pero jamás, ni un sólo día de mi vida me ha abandonado la sensación de miseria, de mezquindad, de bajeza y de asco hacia mí mismo y hacia mí superficialidad que me invadió aquel preciso instante. Nunca te he pedido perdón por aquellas palabras tan lamentables. Nunca te dije que sí, que quiero que te deformes conmigo, llorar al despertarme a tu lado creyendo no desearte, porque se de buena mano que con sólo rozarme, ese deseo que yo creía aniquilado, renacería como el mismísimo Ave Fénix. Nunca te dije lo mucho que te quiero —sí, "quiero" y no "quería"— aunque ya no estemos  juntos y éste, mí amor actual hacia ti, sea de otra índole.

Te quiero pequeña y desde aquí, desde mi rincón para nada secreto, te deseo lo mejor. Espero que ahora sí seas completamente feliz y que algún día me perdones a mí, que en mi infinita ignorancia antepuse mis deseos sexuales a mis sentimientos más profundos. pero que no, que a mí que era joven e inocente, pase, pero que a nadie más le pases dicha actitud. Es lamentable.

En fin, cuídate mucho pequeña.

Un beso,

Ibra.


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