Si supiera dónde estás

escrita por Brigantino dedicada a Una prima que no conocí

miércoles 28 enero 2015    2.71 corazones

Tal día como hoy hace un año que me abandonaste. Y te quería contar en esta carta que te escribo desde la mesa camilla del que fuera nuestro salón, que mientras subía las escaleras, haciendo un esfuerzo, como siempre hicimos, para que no crujiera la carcomida madera de los peldaños, pensaba una vez más, y sin conclusiones claras, en el impulso que te pudiera haber llevado a tomar tan triste decisión y en lo que ésta tuvo, y es lo que más me duele, de no contar conmigo.

Al abrir la puerta de la calle, y aún me costó bastante, que no será por no haber estado un buen rato de pasmarote en el rellano, encontré la casa tal y como lo esperaba: algo revuelta y de todo el año sin ventilar. Cuando me asomé a la cocina, y solo pude hacerlo desde el quicio de la puerta, tuve la extraña sensación de como si nunca nadie hubiera cocinado en ella; ahora la encontré triste y vacía, cuando por entonces estuvo llena de alegría, llena de tus contagiosas risas mientras preparabas la cena o te seguía insinuante en tu quehacer. Por cierto, no quiero que se me olvide, el bloc de notas, el de la cubanita del pañuelo de lunares rojos y el escobón de retama donde anotábamos las faltas de la despensa, lo tengo aquí apartado y me lo voy a llevar; siempre me gustó mucho, ya lo sabes, y me daba no sé qué dejarlo ahí, aunque me había jurado a mi mismo no quedarme con nada nuestro. La puerta del dormitorio, y ahora me estoy acordando de cuando lo pintamos de aquel salmón pálido que tú elegiste, no me atreví a abrirla, la verdad; me dio la impresión, aunque supiera que no podía ser, de que fueras a estar durmiendo plácidamente o leyendo, si acaso, en una de esas posturas tan voluptuosas que solías adoptar en tanto aguardabas a que me acostara. Así que, como te digo, no fui capaz. Sobre la mesa camilla del salón, ya cubierto por el polvo, continúa el libro de poemas que te regalé por nuestro último aniversario, y me dio por pensar, ya que lo dejaste señalado por un doblez, que igual pudiera guardar alguna relación con tu decisión, que entre sus estrofas, maldita, se pudiera agazapar alguna causa capaz de acentuar tus repentinos cambios de ánimo o tus descaimientos. Pero ahora, después de leerlos detenidamente, ya veo que estos poemas solo son de alguna manera así, como eres tú misma: melancólicos y apasionados.

Son las siete de la tarde, la misma hora en que hoy hace un año me abandonaste. Abro las contras y los ventanales, acompasado por el escalofriante chirrido de las bisagras, y me asomo al balcón. La tarde está en sus estertores. Ya hace algo de fresco. Los reflejos del ocaso, tan suavemente sonrosados, auguran un bonito día para mañana. Difuminado por la brisa del mar, que a estas horas ya se sabe, se alcanza a escuchar el sonido de las campanas de la Iglesia de San Jorge y del reloj de Capitanía. Las sirenas de los pesqueros y los graznidos de las gaviotas, con su terca algarabía, rompen tan desconsolado silencio. Te gustaría ver, ya que siempre los miraste con mucha ternura, cómo los niños del barrio, desarbolados de sus prendas de vestir, a empujón va y empujón viene y con los mofletes todavía arrebatados por el esfuerzo, regresan de jugar del jardincillo de la dársena. También tienes que acordarte, ahora que lo veo llegar por el pasadizo de arriba, del vecino del primero, el de la bicicleta, ya sabes, que viene haciendo las consabidas eses, parece ser que sigue bebiendo más de la cuenta, que tanta gracia contenida te hacían. La señora del piso de arriba, la que a menudo nos mojaba los techos, doña María, ya está regresando, que no perdona un día la mujer, con los zapatos de tela agujereados adrede para liberar los juanetes y el velo trabado por mil y una horquillas, de oír misa de seis y media. La bodega de la esquina, la de Manuel, que siempre te entendiste bien con él, empieza a animarse por momentos: ese vino de Barrantes y esas tapas de lacón que tanto te gustaban parecen seguir consolando debidamente a la parroquia. El de la tienda de artículos de papelería y oficina, que nunca llegamos a entender cómo podía subsistir con tan poca clientela, pues está ahora mismo, que ahí continúa el hombre, preparando el cierre. Y la panadera, a la que le comprabas los quesos de Illana y los chicharrones, Maruja, tan amable ella, que la veo deambular de un lado para otro, seguro que no tardará mucho en hacerlo también. En fin, nunca fue una calle muy alegre, ya sabes, pero nos gustaba asomarnos en las noches de verano, tan juntos, y más si mientras tanto te acariciaba la espalda bajo la blusa.

¿Qué más te puedo decir? Y ya supongo, y no es porque lo dude, que te harás idea de lo que me está costando, que ya solo con entrar en la casa. Pero, bueno, aquí me tienes: el mismo día, a la misma hora, apoyado en la balaustrada de piedra de nuestro balcón, y, como ya suponía, sin encontrar respuestas. Así que dime, por favor, qué debo hacer. ¿Me tiro yo también, por aquello de que quizás pueda llegar a reunirme contigo, o bajo las escaleras, despacio, muy despacio, ya sabes, para que no cruja la carcomida madera de los peldaños?

La verdad es que no quiero seguir con estos sentimientos tan encontrados de amarte tanto y estar así de enfadado contigo. Y aunque creo estar seguro de lo que contestarías, te dejo aquí la carta, junto al libro de poesías, y si acaso, que nunca se sabe, la lees.

 

Nota: Aún ayer hablé con tus padres, con tu madre, y le conté a lo que venía. Están bien, ya te imaginas, dentro de lo que cabe. Siguen culpándose; no hay quien los saque de ahí.


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