Regalo palabrero

escrita por Alondra dedicada a Darío

martes 7 febrero 2017    0.50 corazones

Santa Cruz, 7 de febrero de 2017

Mi querido Darío,

A tiempo de saludarte y esperar que hayás llegado bien a casa, aprovechando el pánico o el destiempo (eso no lo decido todavía) déjame que te haga llegar esta historia que no es vieja ni nueva, simplemente es.

Hace un tiempo una tarde de abril, una mujer de sandalias planas, una falda larga y una musculosa, llegó hasta las puertas del correo para enviar una carta. Con el pasar de los días, supo que ésta nunca llegó a destino, más volvió reiteradas veces a las mismas oficinas para preguntar una y otra vez dónde se encontraba. Finalmente el destinatario tomó otro camino, sin ella y sin carta. Pero como la característica de algunas almas es la tozudez, logró recuperar ese pedazo de papel que se extravió por su propia culpa, sí, era su culpa, cometió un error al anotar la dirección receptora, fue 2 meses después de ese abril que recuperó aquella misiva que no llegó a ser leída.

Como una buena amante del arte de saber apreciar lo mucho, poco o nada --talento con el cual fue maldecida por algún Dios ocioso sin nada mejor qué hacer para enviar semejante infamia de don-- decidió guardar en su bolsón de tiro largo su tan trabajada carta. Al pasar el tiempo le aquejó un dolor en el hombro izquierdo (de donde colgaba diariamente el bolso), para quitarse el dolor se colocó una serie de pomadas y otros venenos que le recetaron los hombres de bata blanca. Así se pasó un par de meses más, luego de tanta búsqueda de la causa dentro de su cuerpo, se dio cuenta por prime ra vez que la razón del dolor no era más que el peso de esas letras encerradas en el lastimado sobre, y ante la imposibilidad sobreviniente hecha orgullo para enviarlo nuevamente, la tiró en un bote de basura en la calle 21 de Mayo. A partir de ese día el dolor desapareció y esa mujer siguió caminando por un tiempo más las calles que siempre tocó con sus ojos brillantes y a veces vidriosos.

Anoche, como cosa de la trampa, esa misma mujer pasó por mi puerta y tocó. Yo, en mi cortesía infaltable la dejé pasar, más que impresionada por la visita, estaba expectante pues sin saberlo yo misma, la estuve esperando desde el día en que tristemente la vi desechar su pequeña carta. Se sentó al pie de mi cama y empezó a ver el pequeño departamento en absoluto silencio. Para romper el hermetismo de su actitud como mi invitada, le ofrecí un café y un cigarro, amablemente asintió.

Ella y yo, fuimos por una noche dos mujeres que conversaban sobre las palabras.

Cada una es tan distinta que apenas logro entender cómo pudieron haberse llevado bien. Ella vino a advertirme lo que ya sé, a decirme que el tiempo puede ser imperceptible pero tenaz, que ponerle la cara a la vida es la única salida, porque tirar a la basura lo que se ha hecho sólo acarrea nebulosas mentales sin candado y puertas a la calle abiertas de noche.

Quiso dictarme al oído lo que escribió aquel abril, yo; por supuesto, me negué rotundamente. Ella no soy yo y yo no seré nunca ella, aunque no puedo negar que quisiera ser como ella… sin miedo.

A todo esto, se me ocurrió escribirte (como quien soy, no como ella) una carta a la vieja usanza, como parte del ritual que esta mujer dejó indefectiblemente inconcluso. Pero no te preocupés no la he dejado interferir entre mis palabras, vos y lo que siento. No quiero que ella me eche a perder la vigilia que mantengo cuando me pensás en ese volumen tan fuerte que nunca te he dejado de escuchar.

Por ese sonido atrozmente alto que tenés cuando me pensás en tu soledad, he decido regalarte mis palabras, te las mando para que se instalen en tu departamento. De hecho, si mirás de reojo a tu derecha y luego a la izquierda, ellas, se han bajado del papel y tinta, están buscando donde instalarse. Más de una docena de las transparentes se te treparon a los ojos, tranquilo, les gusta cambiar de sitio, no se te quedarán ahí. Muchas irán al librero, otras junto a la silla tejida que tenés en la estancia, unas cuántas se esconderán en los espacios de la cocina, las aladas no se quedan en un solo lugar, las más cortas junto a tus pies en la mañana al levantarte, yo creo que al menos un par se sentará en cada silla y las restantes, las más largas (cuando son tan largas, caminan lento) se quedarán entre puertas y ventanas; son juguetonas, no te sorprenda un día despertar y encontrarlas a risas suavecitas por ahí, revoloteándose, divirtiéndose para atraer rayos de sol. Generalmente no van a molestarte, sólo te harán compañía mientras yo me quedo en mi hogar, dándole café y cigarros a la buena mujer que vino anoche, amigándome con ella para que deje de pensar en la carta que nunca llegó. Quisiera escribirte como ella, para darle en su gusto pero, ya comprendió que eso no sucederá, que sus palabras viejas no caben en éstas palabras nuevas; porque no son esas palabras las que yo quiero que te acompañen, si no éstas de aquí, sí, estas mismas ¿Ves cómo tres de ellas ya se posaron en tu hombro derecho y te sonríen?  Volvé a mirar de costado ¿Las ves?...

Sí, ahí están para custodiarte a vos y a quiénes sean capaces de verlas como vos lo hacés. Te voy avisando que son un poco celosas, y no tardarán en hacerte alguna travesura, comprendelas, no están acostumbradas a salir de la hoja (de papel o digital) entonces, cuando ellas se sienten libres de la perpetuidad celebran en todos los lugares que pueden y se dejan sentir ellas solas. Por eso yo no puedo vivir sin las palabras, las mismas que ahora te mando aquí mismo, ellas me han acompañado siempre y lo seguirán haciendo, las muy ladinas se las dan de omnipresentes y yo no tengo excusa para no vivirlas. ¿Y vos? ¿Te vas a excusar? Espero que no, no vaya a ser que las enojes y decidan echarle sal a tu mate. Jajajaja. Cuidado, si se ofenden ahí sí pueden ser impetuosas e irrespetuosas con tus silencios, no las culpés, de eso se trata a veces la compañía. De no tener tiempo para escucharnos demasiado a nosotros mismos y sentirlas un poquito más.

Me despido deseando que disfrutes su estadía, te mando un saludo lejano de la mujer de hace un tiempo, y un beso mío.

Volando por vos,

 

Alondra


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