Razones de amor

escrita por Cordelia dedicada a Aurora

viernes 6 febrero 2015    3.07 corazones

Dª Juana, Infanta de Castilla y Aragón, archiduquesa de Borgoña al archiduque Felipe de Borgoña

 

Amado esposo y señor mío, salud y graçia en la ciudad de Alcalá a 17 de junio del año del Señor de  1503

           

Escribo con dolor y debo decir que también con desaliento. Sé que hay mucha tierra y mar entre nos pero ¿qué tan largo ha de ser el tiempo que debo soportar a la espera de una carta vuestra? Vuestro niño, nuestro hijo Fernando  ya tiene tres meses. Es lo único que tengo de vos en esta ciudad donde me ganan la tristeza y la melancolía y donde   me abandono a vuestro recuerdo  sin decir palabra a nadie. Porque el destino así lo ha querido, hemos jurado como herederos de la corona de Aragón. Hemos pasado seis meses de viaje extenuante. Y habéis partido. Y  yo estoy aquí, retenida por  mi madre  hasta que naciera el niño.  Y tres meses han pasado ya.

 

Estoy prisionera de mi propia madre. Sí. Su Señoría se empeña en que permanezca aquí y aprenda a administrar  mis dominios. ¿Es verdad que hay disturbios en Flandes y por eso os marchasteis? Siempre habéis sido un buen soberano aun en contra de la voluntad de vuestro padre que no aprobaba vuestra política.

 

Pues aquí me dicen otra cosa, amado Felipe. Me dicen que esta severa corte española os aburre y que preferís  la diversión y la fresca liviandad de vuestra corte flamenca. ¡Dime, por Dios! ¿Quién os acompaña? ¿Es la dama rubia de sonrisa tan amplia como su escote? ¿Es esa, Felipe, la que causó tanto escándalo a mi pobre madre? ¿Esa a la que le corté el pelo aquella vez?  ¡Dímelo!  No será la primera vez que me entere. ¿Qué no os acordáis de cuando descubrí que el pajecillo rubio no era tal sino esa mujerzuela que os visitaba de noche? Esa a la que le pegué, sí  y lo haría otra vez. ¿Qué os has olvidado de que por seguiros en vuestras fiestas,  nuestro Carlos nació en un retrete en donde  me  escabullí porque me sorprendía el parto?

 

Ya no duermo ni puedo comer y cuando lo hago, el estómago se deshace de ello. Decidme, Felipe, en qué os he faltado para que me abandones y me humilles de este modo. Nada de esto dejaré pasar. No soy como mi madre que miró  al cielo ante la escandalosa  conducta de mi padre.

 

He sido una para vos una y muchas. Me convertí en mora y os ofrecí noches de oriente.  Fui danzarina y también, humilde aldeana. Y no creáis que estos disfraces me han causado algún placer. Al contrario. Han sido una agonía, mi agonía, la que os ofrecía con tal de que no agonizara nuestro amor. Si hasta mi madre se escandalizó y creyó que el demonio me había obligado a teñir de rubio mis cabellos. Era que os gustan las rubias, lo sé, Felipe.

 

Tal vez, debí haber previsto todo esto desde el momento en que demoraste un mes nuestro primer encuentro. Un mes en una corte extraña. ¿Podéis entender mi confusión? ¿Podéis siquiera palpar la crueldad de sentirme sola y novia prometida y no esperada?

No. No lo preví. No podía hacerlo.

Bien es cierto que lo compensaste con creces, en particular al adelantar la boda. ¡Qué feliz me sentí! ¡Qué príncipe amante y apasionado hasta el arrebato!

 

Y luego vienen esos desplantes con mis servidores, el desdén con que han sido tratados las damas y los caballeros de mi séquito. Me di cuenta de que queríais distanciaros de mis padres, en especial de mi madre, la Reina. ¡Es tan severa Doña Isabel! Ella no entendería esta pasión y menos venida de una hija criada con tanto recato. Mucho menos ahora que está tan enferma. Se nota en su rostro ceniciento que la enfermedad consume.

 

¿Y qué hacéis vos, mi señor? Vos prometéis a nuestro niño, nuestro Carlos, al rey de Francia para que  casarlo con la pequeña Claudia. ¡Válgame Dios! ¿Es por Nápoles, verdad? Bien sabes que no hay cordialidad entre mis padres y  el rey Luis.

 

Mi madre me reprocha mi falta de control. Vos me abandonáis,  os disgusta mi ira,  os fastidian mis reclamos.  Estoy atrapada, presa de mis propios padres y sé también que soy la moneda de cambio para los planes que mi padre y vos  tenéis con Nápoles.

 

¿Qué habríais hecho vos, mi  dueño amado? No lo sé. Solo sé que yo no os habría abandonado ni os habría encerrado.Pero vos no estáis. ¿Cómo nos diremos amor, si no estamos juntos? Si hasta para decir adiós , es preciso juntarse.  Una sola palabra vuestra alejaría los fantasmas de mi mente. La espero.

 

Con afectuosa devoción,

                                         Juana


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