Para mi Señor Don Quijote de la Mancha

escrita por Max dedicada a Don Quijote

martes 3 febrero 2015    2.00 corazones

        A mi  Señor Don Quijote:

Ha tiempo que se llegó por mi casa un criado de Vuesa Merced llamado Sancho, portador de una carta que puso en mi mano como si para mi fuese, cuando en realidad iba dirigida, según él mismo me dijo, a una tal Dulcinea del Toboso; siendo yo desde que me parió mi madre, Aldonza Lorenzo. Pero como el tal Sancho me aseguró que era voluntad de su amo que me la entregara, pues  la cogí. Luego la llevé al cura para que me la leyera, que yo no soy versada en letras.

Cuando el señor cura empezó a nombrarme como "dulcísima Dulcinea, señora de mis pensamiento", añadiendo además que Vuecencia quedaba pendiente de no sé que socorro que esperaba de mí, yo pensé que todo era una burla y que tan alto caballero se mofaba de mi humilde persona. Porque yo no fui nunca señora de nadie, sino labradora que trabaja la tierra, amasa el pan y huele a ajos y cebollas. Oír de un día para otro que un caballero necesita de mí y me nombra dueña de su alma, me revolvió los pensamientos y me hizo ponerlos donde nunca debieron estar. De una parte, dije una y mil veces ante el cura que me leyó la carta, que este hidalgo era un embustero y un mal nacido por rechiflarse de una moza honrada que en nada le había ofendido; pero, de otra parte, en mis adentros quedaron las palabras del papel y ahí fueron haciéndose cuna y ahí anidaron para que yo las recordara cada día y me entraran ganas de creerlas y quisiera creerlas más que ninguna otra cosa en el mundo. Así que llevé conmigo el papel y lo puse doblado debajo del corpiño. Y cuando pasaba la mano por encima era como si las letras me sonaran en el oído: "dulcísima Dulcinea, señora de mis pensamientos" Di en cavilar si ese caballero, que sin duda alguna vez me vio, no se habría fijado en mis ojos, mi boca, mis brazos, (que tampoco es manca la hija de mi madre), y de veras se habría encaprichado de ellos. Puede creerme Vuesa Merced, que no le miento; desde ese día no cato ajos ni cebollas que huelen a cien pasos. No quiero ni pensar que, después de tratarme como dama, volviera Vuecencia por aquí, olfatease esas comidas de gañanes y las hallare impropias de la “alta señora" que veis en mí. 

 

Todo esto llevo en el magín, señor don Quijote, desde el día en que tomé en mis manos su carta, pero nunca lo hablé con nadie porque lo que uno sueña despierto no es para echarlo al aire, que sería regocijo para los demás.

Es ahora, cuando me han llegado noticias de su desgracia, cuando todos dicen de Vuecencia que ha perdido el juicio, que he rogado al señor cura le escriba estas letras, las mismas que me vienen dando vueltas en los adentros desde que me envió las suyas con Sancho.

De locos es ir por el mundo haciendo justicia, atacando a los poderosos en defensa de los débiles; señal de haber perdido el juicio es no tener miedo al más fuerte, no plegarse a su capricho y seguir en sus trece. Y propio de un chiflado es también tratar a aldeanas con el respeto que sólo merecen damas. Pero, qué bueno sería si aún  anduviera Vuesa Merced por esos mundos, deshaciendo entuertos y volviendo las cosas a su lugar y nombrando señora de su corazón a esta humilde labradora. He dado en pensar, señor don Quijote, si no será mejor la locura que la cordura, las ilusiones que las hogazas de pan.

Voy terminando, que el señor cura se impacienta y yo me canso, porque nunca antes junté tantas palabras, tan serias y en tan poco rato. Lo que quiero que sepa mi honorable caballero, ahora que ha vuelto a las lentejas de los viernes, a los duelos y quebrantos de los sábados, es que vuestra Dulcinea está muy dispuesta a prestaros el socorro que con tanto afán le pedíais en vuestra carta. Porque, después de pensarlo bien, he visto que prefiero ser señora de vuestros delirios a continuar siendo nada más que Aldonza Lorenzo.

No quiero ni pensar que en el tiempo que me resta por llegar a su hacienda, haya vuecencia recobrado el juicio y ya no sea para vos "dulcísima Dulcinea", sino simple aldeana. Si eso ocurriese, sacaría sus palabras de debajo del corpiño, espantaría los sueños y volvería a los ajos y las cebollas, igual que el zapatero debe volver a sus zapatos.

Dios no permita tal aflicción.                                                          Dulcinea del Toboso

 

 


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