Mi amor imposible

escrita por ltomares dedicada a Fátima

lunes 3 febrero 2014    3.00 corazones

MI AMOR IMPOSIBLE

 

Mi amor imposible:

 

            Cuando leas esta carta será porque ya he sido entregado a la justicia del Todopoderoso y quizás nunca entiendas nada de lo que está ocurriendo porque jamás fuiste consciente de lo que ocurría a tu alrededor.

 

            Aún recuerdo mis años jóvenes en que llegué a sentir los placeres de la carne, aunque nunca supe del amor verdadero. En uno de mis numerosos viajes como mercader, fui capturado por piratas turcos y vendido sucesivamente en varios mercados sin saber realmente cual sería mi último destino. Desde el momento terrible de la pérdida nada fue igual para mí y si hubiese tenido valor me habría quitado la vida allí mismo, pero ni para eso me quedó hombría. Tampoco fallecí de las fiebres consecuentes,  Dios no me concedió la gracia de la muerte.

 

            Pasé años enteros en estos aposentos, sufriendo y ardiendo rodeado de mujeres, cuerpos desnudos de color alabastro, café y ébano, retozando en los baños, cabellos goteantes, jóvenes con la piel sonrosada y brillante, teniendo que alejarme a respirar el aire con olor a mar y salitre del Bósforo. Fui desposeído del medio para amar a una mujer pero nadie eliminó el infierno del deseo.

 

            Ese día te vi por primera vez en el harén, desde la reja de la ventana donde pasaba horas y horas vigilando. Parecías un ángel de endrina cabellera, con labios carnosos, húmedos y brillantes, que me imaginaba con sabor dulce, a fruta, limón y nieve aderezada de miel y ámbar.

 

            Me obsesioné contigo, te seguí cada segundo, mientras paseabas por los patios del recinto, bajo los cerezos y plátanos, junto a las jaulas de cedro donde cantaban los ruiseñores anunciando la tarde que se avecinaba, cuando las sombras se retiraban a través de Asia en dirección a la frialdad de Europa. Te admiraba como se adora a una obra de arte, no podría haber escultor que cincelara con tanta perfección.

 

            Soñaba por las noches que te amaba y que estabas allí tumbada donde tantas veces te había visto, filtrándose la luz por las columnas de vapor, mientras grifos de oro vertían chorros de agua caliente en la fuente de mármol del centro y tú sometiéndote al baño y la depilación, envuelta en toallas perfumadas, disfrutabas de la cálida caricia de la humedad. Sentía en mi inconsciencia el sabor de tu sexo, el aroma a almizcle de tus zonas más íntimas, pero me despertaba y me daba cuenta de que no había liberación para mí, que estaba condenado a abrasarme por dentro con el fuego de la pasión sin que existiera el modo de apagarlo en lo que parecía la forma más pura del deseo y la forma más dura de la agonía.

 

            Cuando el sultán decidió elegir concubina, todas las mujeres del harén recibieron baños y masajes con aceites cálidos,  se perfumaron el pelo con jazmín y naranja y se les trenzó las cabelleras con perlas y alhajas.

 

            Fuiste elegida y te convertiste en iqbal por lo que te puso un pañuelo verde sobre tu hombro izquierdo. Entonces me sentí morir. Era yo el que debía sentirte cerca y no él que no te amaba, sólo sentía deseo por ti. Mi amor, sin embargo, era inmenso. Fue en ese momento cuando tomé mi decisión. Por fin conseguiría demostrar que quedaba algo de aquel hombre que un día fui. Decidí que sólo yo te amaría aunque sabía el castigo que me esperaba por ese crimen: terminaría colgado de afilados ganchos en la Puerta de la Felicidad hasta que el sol ennegreciera mi cuerpo, contemplando en mi agonía los barcos que navegan por el canal del Bósforo y mientras a mi alrededor los cuervos esperaban el momento de servirles de alimento.

 

            Cuando te vistieron el caftán de terciopelo y la túnica de plata, era yo, jefe de la guardia del harén, el que debía de llevarte al lecho del amo. Mientras te acompañaba por los oscuros pasillos hasta el coche de caballos que esperaba y nos acercábamos a nuestro destino, no dejaba de imaginar que era yo el que te esperaba en el dormitorio, tendiéndote a mi lado, viendo como las sombras de tu cuerpo se repartían perfectas por toda tu piel. Te besé ante tu sorpresa y bajé del carruaje que siguió otro rumbo muy distinto al que debía, dejándote esta carta sobre tu regazo.

 

            Ahora estás en un sitio mucho mejor que éste, lejos del Bósforo, donde disfrutarás de los amaneceres del Mediterráneo, sentirás la calidez de la arena y las olas en tus paseos por la playa.  Yo aquí, espero que vengan a buscarme, no saldré huyendo. Por primera vez desde que me mutilaron, cuando sufrí aquella castración, hace ya muchos años, estoy tranquilo y no me da miedo la muerte. La vida no es vida para un eunuco. Me iré feliz sabiendo que al final, mi amor por ti ha sido tan grande para entregar la vida que me hubiera gustado regalarte pero que no fue posible. Era la única forma que podía amarte, espero que lo comprendas y que no me olvides.

 

            Te quiere eternamente

 

                                   Juan López de Ayala

                                   Estambul 1595

 


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