Los dos sabíamos que lo nuestro era amor

escrita por Inesan dedicada a Margaret

sábado 8 febrero 2014    1.00 corazones

LOS DOS SABÍAMOS QUE LO NUESTRO ERA AMOR

(Inesan)

           Mar y yo vivíamos en la misma calle. Ni ella ni yo recordábamos el momento preciso en que nos dimos cuenta de que entre ella y yo había surgido un sentimiento especial, un sentimiento extraordinario que por ninguna otra persona sentíamos.

           En nuestro pequeño pueblo había, desde tiempo inmemorial la costumbre de, para San Valentín, los jóvenes organizar una rondalla en la que los miembros que la formaban iban a cantar canciones de amor delante de la casa de la novia, de la chica con la que habían comenzado a salir o de la chica que les gustaba y que por timidez, o cualquier otra causa, todavía no se lo habían manifestado.

          A esta costumbre muy antigua debía un buen número de personas de nuestro pueblo haber terminado en boda muchas relaciones surgidas de la misma.

          Los niños, debido a nuestra corta edad y limitaciones, demostrábamos nuestra preferencia regalando los niños a las niñas un dibujo (generalmente de flores, aunque tampoco faltaba el de un perrito o gatito) acompañado de una poesía en la que se ensalzaba la belleza de los ojos, de la sonrisa e incluso el salero en el andar.

          Yo era bastante tímido y a Mar, lo que sentía por ella únicamente era capaz de transmitírselo con la mirada, una mirada de arrobamiento, que me dejaba a borde de caérseme la baba.

          Fue cuando ella tenía trece años y yo catorce que para San Valentín, cuando en la bonita rosa roja que le pinte en el papel de barba enrollado, me atreví a decirle en la poesía que le escribí, que yo la amaba tanto, que cuando pensaba en ella sentía que a mi corazón le crecían alas  y escapaba volando hasta donde ella se encontraba.

         Sus padres y los míos se dieron cuenta del encandilamiento surgido entre nosotros dos. Se lo pusimos muy fácil para que pudieran detectarlo. Faltos de malicia, Mar y yo cuando nos encontrábamos en una tienda, en el mercado o por la calle dejábamos de prestar atención a nuestras respectivos familiares, con los que íbamos, y encadenados nuestros ojos tenían que arrastrarnos porque nosotros habríamos ido el uno hacia el otro tan irresistiblemente como el hierro va al imán.

          Lógicamente, nuestros respectivos padres nos advirtieron seriamente de que éramos demasiado jóvenes para enamorarnos y que si pasados unos años, llegada nuestra mayoría de edad, seguíamos gustándonos, entonces sería el momento de saber si la atracción nuestra era amor verdadero. Así que hasta entonces debíamos ser pacientes y esperar a que el tiempo nos permitiera averiguar la fuerza de nuestros sentimientos.

         Pero nosotros dos necesitábamos desesperadamente estar juntos, deleitar nuestros ojos con la visión del otro, hablar de ese sentimiento tan grande y hermoso que nos embargaba y llenaba de deliciosos temblores nuestros cuerpos.

         Y empezamos a esperar, impacientes, a que nuestros padres se durmieran y entonces abandonábamos la casa y nos reuníamos en un olivar que había detrás de la iglesia y allí cogiéndonos las manos hacíamos planes, planes de futuro. Un futuro en el cual estaríamos todo el tiempo juntos, juntos como nuestros padres, durmiendo en una misma cama, comiendo juntos, trabajando juntos.

         Tardamos mucho tiempo en darnos el primer beso. Nuestras familias, muy religiosas, nos habían metido en la mente y en el cuerpo el miedo al pecado y a la condena eterna de nuestra alma si caíamos en él. Pero cuando por fin, saltando por encima de miedos y prejuicios juntamos sus labios y los mío, fue como si el mundo en el que habíamos vivido antes de producirse este maravilloso hecho hubiera desaparecido y se nos hubiese abierto la puerta por la que habíamos podido penetrar en un mundo mágico en el que podíamos sentirnos inmensamente felices.

 

         Hoy, transcurrido mucho tiempo, recupero estos recuerdos mientras  observo lleno de ternura a Mar, mi mujer, jugando, riendo, en el jardín con nuestros tres hijos pequeños y pienso en que tanto los padres de ella como los míos, al final tuvieron que reconocer que Mar y yo estábamos en lo cierto cuando, siendo niños todavía, les decíamos que lo que ella y yo sentíamos el uno por el otro era amor, amor verdadero.


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