La tentación

escrita por Angus dedicada a No sé cómo dirigirme a ti

lunes 13 febrero 2017    2.75 corazones

LA TENTACIÓN 

          Si es  que ya te lo había dicho Oscar Wilde, hace años, desde las páginas de un libro de cocina: “La mejor forma de librarse de una tentación es... caer en ella”. ¿Lo recuerdas? Sí, claro, ¡cómo no vas a recordarlo, si tú me regalaste el “librito” en cuestión!

          Llevábamos varios meses casados y yo había dado ya sobradas muestras de ineptitud entre los fogones; cansado, sin duda, de comer conservas hoy sí y mañana también, y, antes de que nuestros pobres estómagos gritasen: “¡Hasta aquí hemos llegado!”, decidiste tomar cartas en el asunto y proporcionarme un recetario.

          Me lo compraste en una fecha señalada... ¿mi cumpleaños? No, no, ahora me acuerdo: San Valentín. El hecho de que me lo entregases un catorce de febrero, tú que detestas y huyes de todas esas celebraciones, decía mucho – ¡lo decía todo! – sobre la inaplazable necesidad que sentías de que nuestros menús experimentasen una notable mejoría; y no sólo a causa de tu estómago, sino porque la perspectiva de destinar la mayoría de nuestros, por entonces, escasos ingresos a la  periódica adquisición de nuevas cazuelas que sustituyesen a aquéllas cuyo fondo yo  – con un ahínco digno de mejor causa – me encargaba de quemar, resultaba desoladora.

          (Es curioso cómo, incluso ahora, mi mente sigue asociando esa época con ciertos aromas e imágenes: pucheros ennegrecidos, un trozo de queso rancio – escondido, no se sabe cómo ni por qué, en el cajón de los cubiertos –, galletas enmohecidas y olvidadas en una caja de hojalata...)

          Pero, volviendo al tema que nos ocupa: aquel grueso libro no era una simple recopilación de recetas, tan exquisitas como complicadas para unas manos ignorantes y sin gran interés por ser instruidas; no: también contenía numerosas citas y anécdotas de personajes famosos alusivas o aplicables a la cocina.

          La primera de esas citas, la que encabezaba la introducción, decía así: “La mejor forma de librarse de una tentación es... caer en ella”; pronto se convertiría en mi favorita y la utilizaría en múltiples ocasiones en que se me plantearon conflictos entre deseo y deber. Eso sí, nunca me atreví a emplearla sino para cuestiones de poca trascendencia; y es que mis “rebeldías” contra la obligación o el sentido común fueron siempre inocentes: la oncita de chocolate que mi dieta prohibía, los zapatos o el bolso nuevos que nuestras economías desaconsejaban adquirir, pero que me sentarían tan bien con tal o cual vestido...

          Tú te reías, condescendiente; te burlabas benévolamente de la facilidad con que me desembarazaba de insignificantes remordimientos. ¿Quién iba a decirnos que llegaría un día en que nos arrebatarías, a Oscar Wilde y a mí, esa cita y que tú también caerías en la tentación... de caer en la tentación? ¿Quién, que esa tentación tuya tendría veinte años menos que nosotros y que por ella cerrarías los ojos, murmurarías mi frase y te lanzarías al engañoso océano de su juventud?

          Mas no busques censuras en las presentes líneas, pues no las escribo con tal objeto. A fin de cuentas, fueron mi actitud y mi sistema “anti remordimientos” los que te invitaron a comportarte como lo has hecho. Nada te reprocho; el propósito de esta carta no es otro que el de decirte que te regalo el libro, pues es evidente que sabes sacarle más provecho que yo. Que lo disfrutes.

                                                                                   Clara.

          P.D. No he olvidado añadir las fórmulas de salutación y despedida; es, sencillamente, que no sabría cómo dirigirme a una persona que lo fue todo para mí, pero que hoy, como antaño nuestra casa, me huele a quemado y rancio.

 

 


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