La pieza que faltaba

escrita por Alabama dedicada a Alejandro

domingo 25 enero 2015    2.00 corazones

En medio de tanto caos, de tantos artículos de saldo, de rebajas de segunda categoría y de promesas incumplidas es difícil asumir que se ha encontrado aquella prenda que encaja a la perfección con el armario de tu vida.

Estamos acostumbrados a las malas caras, los contratiempos, los días que terminan mal, las noches que empiezan con insomnio y acaban con pesadillas, los insultos del jefe, las réplicas de la tendera, los chillidos de alguna anciana en el metro o los gruñidos de tu padre porque le has cogido el mando de la televisión. Nos cuesta ver que ahí fuera existen cosas buenas, gente que merece la pena, que te quiere por ser como eres, sin artificios, que se enfada contigo porque te necesita pero que al mismo tiempo se reconcilia y te sonríe porque te admira. Que llora y ríe a tu lado. Que te besa y te zarandea. Que te enerva y te fascina. Que te saca de quicio y te embelesa.

En mi vida todo esto se resumía en una persona: Alejandro. Verle allí, en casa de su amiga Cristina, con amigos comunes, me llenaba de alegría. Simplemente saber que estaba a mi lado ya me hacia feliz. A menudo mis padres me preguntaban qué veía en él, a lo que yo les respondía: “Me da paz, llego a casa tras un día lleno de problemas y quebraderos de cabeza y verle sentado en el sofá hace que lo olvide todo”.

Le observaba desde la cocina, que se abría al jardín de Cristina, desde el que podían verse unas vistas preciosas del puerto de Valencia. Estaba escondido al lado de la nevera y me sentía como un niño pequeño viendo desde lejos la película de adultos que sus padres tenían puesta. Alejandro estaba buscándome con la mirada; me encantaba hacerle rabiar, hacía más de media hora que había desaparecido del jardín, atiborrado de gente que no paraba de hablar y contar anécdotas del pasado. Necesitaba mi espacio, estar solo, para disfrutar precisamente de mis amigos y de Alejandro. Me gustaba observarles desde un rinconcito. Era mi mundo. Era el amor.

Por fin se había hecho realidad y había venido para quedarse. No se trataba de una estación de tren abandonada en la que vivía experiencias con un principio y un final ya definidos; era mi propia vía férrea sin estación de destino. Yo era el maquinista.

 

Álex era más raro que una calentura, pero yo no me quedaba atrás y rozábamos constantemente por cosas insignificantes. Su carácter chocaba con mi talante paranoico y depresivo. Yo me agobiaba y dejaba de hablar a Alejandro durante un día entero porque me había mirado de soslayo o porque me había levantado el tono de voz.

Él hacía lo propio conmigo si pensaba que una de las ironías características de mi carácter burlón iba dirigida a minar su intelecto, su gran caballo de batalla, como me sucedía a mí.

Aún así, éramos nosotros mismos y nos amábamos. Sorprendentemente, no tenía capacidad de ofensa sobre mí. Para mí, ese es el mayor acto de amor. Podía ponerle verde, ir a casa de mi madre o de mi mejor amiga y charlar con ellas durante horas sobre el inestable y dictatorial carácter de mi querido novio, plantearme incluso que mi vida sin él sería mejor.

Nada de eso servía cuando le veía aparecer por el umbral de la puerta. Su presencia actuaba como un somnífero; como si fuese una hechicera, una bruja, me sentía hipnotizado y sus besos hacían que olvidase en medio segundo cualquier enfado.

Para descubrir al amor de tu vida hay que pasar por muchas estaciones abandonadas y por muchas experiencias traumáticas. Llevaba toda mi existencia apartándolo y conformándome con migajas, con relaciones con fecha de caducidad, como los yogures, que yo mismo boicoteaba a las semanas de materializarse poniendo excusas antediluvianas que mis amigos, a quienes en realidad engañaba con mi verborrea interminable, aceptaban y terminaban consolándome.

Pero un día te levantas y empiezas a ser consciente de que hemos nacido para ser felices y no para lo contrario. Te cansas de ir por la vida como un alma en pena y de autocompadecerte. Es en ese momento cuando el amor de tu vida llama a tu puerta y tú la abres de par en par sin ponerle la zancadilla.

Con Alejandro me siento más vivo que nunca, con mis inseguridades y malos rollos, con mis paranoias y mis neuras, con mis altibajos, enfados, rabietas de niño pequeño y preocupaciones exacerbadas, pero vivo en definitiva. Mi mente sigue funcionando a mil por hora, es cierto, y hay gente que no me entiende, lo más seguro el propio Álex muchas veces, pero entorna los ojos, sonríe y dice para sus adentros: “Edu es así y le quiero”.

¿Por qué no aceptar que en alguna parte existe un ángel de la guarda que te protege? ¿Por qué no? A través del espejo del otro lado de la vida se presenta ante ti como un hada madrina que te ayuda y te escucha, que te quiere y te acepta tal como eres.

Llevo ya media hora larga escondido en la cocina de Cristina. ¿Es que en esta fiesta nadie viene a sacar algo de la nevera? Alejandro debe de estar subiéndose por las paredes. Voy a darle un beso y decirle que le quiero.


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