La espera

escrita por Chrisdael dedicada a Samanta Alonso

viernes 3 febrero 2017    2.92 corazones

Sé que no debería escribirte, ni mucho menos pensar en ti. De hecho, no sé por qué lo estoy haciendo ahora. No lo mereces, no lo deseo y no quisiera perder la poca cordura que me queda en medio de recuerdos de un pasado que nos ha herido a ambos. Tal vez te evoco por costumbre, o porque al fin admití que no soy capaz de sentir con otra mujer nada siquiera semejante a lo que alguna vez me hiciste sentir. Quizá la única forma de sentirme vivo es recordando los momentos en los que los latidos de mi corazón se aceleraron con tus besos, tus caricias y tu sola presencia. Hoy, aunque mi corazón sigue latiendo, y pese a que mis venas continúan transportando sangre y mi cerebro aún se mantiene lúcido, no basta que un cuerpo aún goce de buena salud para sentir que no ha muerto. Un cuerpo si alma, y mucho menos sin amor, no puede considerarse realmente vivo.  

Quisiera saber cómo estás, pero no sé dónde te encuentras. Probablemente desde el mismo instante que nos dijimos adiós, reiniciaste tu vida y me echaste al olvido, como tantas otras veces lo has hecho. Tu belleza es tu pasaporte a la felicidad; con ella nunca estarás sola, porque a través de ella podrás conseguir al hombre que cumpla todas tus fantasías y te haga feliz. Sin embargo, esos hombres que te siguen noche y día, que sólo buscan saciarse a través de esa misma hermosura que irradias, no podrán ver en ti lo que yo veía. Simplemente contemplarán un cuerpo, buscarán el placer mediante torpes besos y caricias, y te harán a un lado cuando hayan conseguido lo que su instinto les exige. Yo, mientras tanto, te recordaré como la mujer que le dio sentido a mi vida con sólo interesarse en mi bienestar, con sólo una palabra cordial, una charla amigable y un beso en un parque que unió nuestras almas durante efímeros instantes.

¿Recordarás todo aquello? ¿Valorarás de algún modo el sacrificio que hice por ti? No fue fácil desprenderme de mis prejuicios y mis miedos adolescentes para amar a toda una mujer como tú, y sin embargo creo que no fue suficiente. Te fuiste, preferiste las aventuras de noches instantáneas y sobrevaloraste a los hombres que te hirieron.

Pese a todo, quiero creer que cuando miras hacia atrás, cuando lees un libro, escuchas una canción o te pierdes en lo profundo de tus propios pensamientos, el reflejo enamorado de mi rostro toca tu alma para indicarte que aunque nunca llegaste a amarme, sabes perfectamente que fuiste mi primer y único amor, el romance más corto pero más significativo de mi existir, el sentimiento más hondo y el deseo encarnado en un solo cuerpo. Quiero imaginar que comprendes que nadie te amará del modo que yo lo hice, para bien o para mal, y que aunque mil hombres te repiquen en igual número de veces que te aman, no podrás creerles, pues recordarás la forma apasionada en que te amé y entenderás que su amor será siempre pequeño en comparación con lo que te ofrecí y despreciaste.

Quizá puedo estar equivocado. Tal vez no te importe ni un poco lo que llegué a sentir por ti, y mientras te escribo esta carta te encuentres en los brazos de otro hombre. No lo sé. No quiero imaginarte siendo cubierta por los besos de alguien que no merece la perfección que reside en ti. Por eso, me aferro inútilmente a la esperanza de pensar que algún día llamarás a mi puerta, o me escribirás una carta similar a esta, en la que me pides perdón, en la que deseas que nos demos una oportunidad y finalmente nos podamos brindar el amor mutuo que a ambos nos hace falta.

Mientras espero ese día aquí, sentado, besando un pedazo de papel en el que se encuentra impresa tu fotografía, y sabiendo perfectamente que no me evocas del mismo modo que yo lo hago, te estoy amando más que nunca. Jamás dejé de hacerlo. No puedo sentir nada por alguien más, porque todo mi amor te lo llevaste. A veces quisiera que volvieras, sólo para que pudieras devolverme todo ese cariño que robaste, y que otra persona bien pudiera valorar mejor que tú. No me queda más que recostarme a esperar, ya sea tu regreso, tu olvido, o la muerte, cuya frialdad es la única que con certeza podrá arrancar este sentimiento indeleble en mi pecho.

Lo más triste de todo es que esta carta jamás la leerás, pues no sé tu paradero. Tendré que guardarla en un olvidado cajón hasta que sus hojas blancas se llenen del amarillento paso del tiempo. No tendrá destinatario, ni mucho menos dirección. La única dirección que me gustaría tener entre mis manos, es la de tu corazón.

Sobra decirte que te amo, pero de todas formas lo repito por si ha quedado alguna duda en esta carta sobre la existencia de tan tormentoso sentimiento. Te amo, te amo, ¡te amo!


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