Estimada Sra. Andrach

escrita por Amancio Leal dedicada a Sra. Andrach

miércoles 10 febrero 2010    4.10 corazones

La Habana
A 26 de Enero de 2003

 

Estimada Sra. Andrach:

A estas alturas, ya habrá conocido usted a mi hijo Adolfo, pues por todas las referencias que he dejado en el papel que envolvía el sobre que contiene esta carta, quiero suponer que ha llegado hasta usted sin mayor dificultad. Habrá observado que no es mal hombre, y que tanto yo como su madre nos hemos sentido más que orgullosos de todo el buen acopio que ha hecho de la educación que le hemos dado. También habrá tenido tiempo para ponerle al corriente sobre las circunstancias de mi fallecimiento, de hecho sólo si así fuese, estará usted ahora leyendo estas líneas.

Creo que la última vez que nos hablamos fue cuando bautizamos precisamente a mi hijo. Recuerdo que aquel día, también usted y su hermana estaban con su familia en la iglesia del Sagrel, celebrando la Primera Comunión de su hija Laura. De aquello hace ya muchos años, pero créame que este viejo que ahora le escribe con el pulso trémulo, se acuerda como si todas aquellas imágenes fuesen el recuerdo de algo que hubiese pasado por delante de mi no hace más de diez minutos. Aquel día, también fue la última vez que vi a su hermana, y también fue aquel el día en que un trozo de mi alma se murió de pena al saber que no volvería a verla nunca, porque el viaje de nuestro exilio me separaría de nuestro pueblo a la semana siguiente para no volver jamás.

Yo recuerdo que a pesar de la diferencia de edad que las separaba, usted siempre fue la mayor confidente de su hermana, y es muy posible que al cabo de los años, tal vez llegase a escuchar de sus propias palabras lo que el uno fuimos para el otro, ya no sólo de niños, sino también una vez que nuestros respectivos padre decidieron separarnos y encomendarnos a distintas familias, simplemente porque por aquel entonces era inimaginable que un pobre como yo, pudiera soñar ni de lejos, con acercarse a alguien del abolengo del que su padre (Dios lo guarde) hacía gala.

Pues bien, lo crea o no, y a pesar de que su hermana maridó con el buen hombre al que se encomendó hasta el día de su muerte, y que yo contaje nupcias con mi santa esposa (que en gloria esté), aquel afecto que nos unió desde niños jamás dejó de estar presente entre nosotros. Sé de buena tinta que ella siempre siguió queriendo saber de mí, como también ella fue consciente  de que yo estuve en todo momento pendiente de cada circunstancia de su vida. No faltó un sólo año en que dejásemos de enviarnos una carta (por supuesto, siempre bajo pseudónimo y rigurosa discreción) en nuestros respectivo cumpleaños. Ni jamás dejamos de compartir las confidencias y complicidades de dos personas que se quisieron mucho más allá de convencionalismos e imperativos propios de una época y de unas costumbres afortunadamente desterradas en nuestros días.

Estimada Sra. Andrach, no sé si alguna vez su hermana llegó a contarle todo lo que yo sentí por ella y todo lo que ella sintió por mí. No sé si usted llegaría a leer alguna de todas esas cartas que nos intercambiamos durante años y años. O si alguna vez pudo haber en usted sospecha de tantos y tantos instantes furtivos que los dos tuvimos en el tiempo en el que su familia y la mía coincidimos en Ribera de Bonal. Por el contrario, incluso podría ser posible que, leyendo este mensaje que le hago llegar, usted se indigne o que piense que esta carta no es más que la elucubración de un viejo loco a punto de rendirle cortesía  a la muerte. Francamente no lo sé, pero estoy seguro que si usted alguna vez vivió una historia de amor  que le haya supuesto sentir la felicidad más absoluta, entendería el porqué de esta carta y la petición que en ella le encomiendo antes de que mi último suspiro me asista.

Sra. Andrach: ya que en vida jamás he tenido ocasión de demostrar  con completa libertad todo el amor que sentí por su hermana, permítame ahora de muerto que las cenizas de este humilde carta descansen en la misma playa en donde reposan las cenizas de la mujer que siempre amé a escondidas, y a la que circunstancias de nuestras vidas, jamás puede hacer plenamente mía.

Atte. Amancio Leal Andrade

 


En esta web utilizamos cookies, tanto propias como de empresas colaboradoras, para obtener datos estadísticos de la navegación de los usuarios, lo que nos permite mejorar la información y la publicidad que te mostramos y adaptarla a tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Más información