ESPÉRAME SIEMPRE…por si acaso

escrita por Feñán dedicada a Mi esposa

martes 7 febrero 2017    1.62 corazones

Mi querida esposa:

Quisiera decirte muchas cosas en estos momentos que me embarga la melancolía, repasar rápido toda mi vida junto a ti  y gritar muy fuerte lo mucho que te amo; tú ya lo sabes, pero hoy más que nunca necesito que lo escuches bien, darte las gracias por ser como eres, por hacer que todos mis días sean maravillosos, y sobre todo por quererme sin condiciones.

Nunca imaginarás lo que me costó dejarte sola en esos momentos tan especiales para los dos, cuando estábamos a punto de vivir el acontecimiento más importante de nuestra recién estrenada vida juntos: la llegada del hijo o hija que estaba en camino en una época dura de los años sesenta. Sabes que los acontecimientos se precipitaron en cuanto supimos que estabas encinta y hubo que tomar la decisión de separarnos hasta que ese hijo llegase al mundo y ambos reuniros conmigo para seguir con nuestra vida. La adjudicación de mi plaza como profesor, trastocó la convivencia al llegarnos la incorporación por sorpresa antes de lo previsto y tener que instalarme en Madrigal de las Altas Torres provincia de Ávila en apenas unos días, dejando atrás nuestro pueblo gaditano donde habíamos nacido, crecido, y enamorado. Dicen que los hijos llegan con un pan debajo del brazo y ese nuevo ser llegaba con estabilidad para vivir felices hasta el fin de los días, o al menos eso creímos entonces. Me consumía esperando el momento de volver a estar juntos, de abrazarte tan fuerte que no pudieses nunca escapar de mi lado, de acariciarte y besarte hasta dolernos a ambos el cuerpo, pero nunca se nos acabó el amor como cantó años más tarde, Rocío Jurado, tu cantante preferida. A nosotros no se nos acabó el amor de tanto usarlo, muy al contrario. En esos meses de separación forzosa me consolaba saber que te dejé arropada por tus padres y hermanos, mientras yo me adaptaba día a día al entorno medieval  del pueblecito que años atrás habían pisado personajes de altura. En mis paseos solitarios y llenos de morriña por tu ausencia notaba las huellas de la Reina Isabel, Fray Luis de León o nuestro gran místico San Juan de la Cruz, y por las noches solitarias en las que añoraba tu cuerpo y poder estar acurrucado entre tus brazos susurrándonos nuestros sentimientos de amor, contemplaba ensimismado los árboles de la alameda que tenía frente a la ventana de la casa hasta que rompía mi abstracción un suspiro castellano:

-Las diez….en puntooo y serenooooo...-. Entonces me dormía pensando profundamente en ti.

No dejé de hacerlo ni un solo minuto, ni de noche ni de día. Y llegó el nacimiento de nuestro Pedrito. Lloré de felicidad y de impotencia por no haberte acompañado en esas horas de duro trance que te costó dar a luz. Todo un día y toda una noche de dolores, pero tú siempre fuiste muy fuerte y te recuperaste pronto. Después, un largo viaje con el bebé en tu regazo por esas carreteras de entonces en un autobús de línea, en cuanto estuviste recuperada, y ya… siempre juntos, nuestra felicidad completa. Muchos años de tranquilidad y de amor compartido. No podíamos pedir más. Pedrito crecía sano y no fuimos bendecidos con más hijos, hasta que en plena adolescencia de nuestro retoño comenzó a invadirnos la añoranza de nuestras raíces y la idea de volver al pueblo se nos grabó a fuego en nuestras mentes. Solicité un traslado y allá que viajamos  llenos de alegría. Pero pronto se truncó esa felicidad al caer nuestro  hijo en un grupo de amigos poco recomendables y emprender todo tipo de malos hábitos que en el transcurrir del tiempo dieron como resultado su ingreso en prisión, y el comienzo de tus males, y de los míos. En ese rosario de abogados para él y de médicos para ti, mi vida comenzó a romperse pues no podía dar crédito al motivo que precipitó nuestra desgracia. Esa persona por la que tanto nos sacrificamos y a la  que tanto amamos, nos dañaba cada vez más, hasta el punto de perder todo contacto con nosotros una vez fue puesto en libertad pues sabía que nuestro pequeño patrimonio estaba casi extinguido a causa de los excesivos gastos médicos y jurídicos. Nos despreciaba y lo peor, no quería saber nada de nosotros. Sus amistades eran antes que sus padres. Esa resignación mía chocaba con el dolor tan grande que tú sentías y que cada vez te iba enfermando más y más.

Y los años fueron pasando. Ahora que una enfermedad terminal te tiene postrada en una cama de hospital, he querido escribirte esta carta y leértela una y mil veces por si en algún momento llegas a escucharla y a entenderla. Quiero que sepas que has sido el amor de mi vida, que si tú me faltas ya no quiero seguir en este mundo y que daría todo cuanto tengo, también mi salud, por irme contigo. Ya soy mayor y todo lo importante lo he vivido a tu lado. ¿Qué haré ahora sin ti? No quiero pensarlo, tendría que aprender a vivir alejado de ti, con tu ausencia, llevarte solamente en el corazón y no de la mano como siempre hemos hecho. Fuiste lo primero para mí y me hiciste el hombre más feliz del mundo. No debemos culparnos ni pensar que fracasamos como padres. A veces los hijos se tuercen y nunca más se enderezan. Sólo lamento que no tengas un abrazo y un beso de él en estos duros momentos. Espérame en "el más allá", corazón, que lo primero que haré al llegar será buscarte y después abrazarte para no volver a separarnos jamás. Cuando me dejes, no tardaré mucho en encontrarme contigo. Sabes que nuestro amor es inmenso y estamos fuertemente anclados uno al otro, por ello no espero estar mucho tiempo separado de ti. Aún siento esas cosquillas en el estómago cuando acaricio tu mano y quiero que sepas que gracias a ti he sido un gran hombre, tú me has hecho grande. He crecido con tu amor, siendo el hombre más feliz del universo. Si volviera a nacer, volvería a enamorarme de ti, no tengas duda de ello. Amarte fue muy fácil, olvidarte sería imposible. Te amo demasiado, no lo olvides nunca, por favor. Y….espérame siempre, mi amor, por si acaso…


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