En el sofá de tu casa

escrita por Berone dedicada a A esa persona que fue todo para mí.

martes 3 febrero 2009    2.87 corazones

Los primeros recuerdos que tengo a tu lado son de hace mucho tiempo, tanto que mi madre me llevaba en brazos a tu casa en una mantita y me dejaba muy temprano en tu habitación porque ella se tenía que ir a trabajar. Poco después te levantabas pero yo seguía durmiendo un ratito. Cuando me despertaba iba corriendo a verte al salón y rápidamente te preocupabas por ponerme el desayuno y darme unas zapatillas.

Después de eso siempre veías conmigo los dibujos y a continuación nos arreglábamos e íbamos a comprar el periódico. Claro que al final no sólo era el periódico si no que también eran unas cuantas chuches, porque llegábamos al kiosco y siempre me decías: “Venga coge algo, venga anda, coge lo que quieras…”

A veces me premiabas con un gran pastel que venía acompañado de unos caramelitos que me regalaba la chica de la pastelería. Al llegar de nuevo a casa, comíamos y nos sentábamos en el salón a reposar. Tú en tu sillón y yo allí a tu lado mirándote fijamente; nunca te lo dije pero cuando te quedabas dormido viendo la tele me encantaba mirarte, era como si no me quisiera perder un solo detalle de ti. Después acababa cogiendo el mando de la tele y cambiando de canal hasta que te despertabas de nuevo. Muchas tardes jugábamos al ajedrez; aunque siempre ganabas me resultaba muy divertido.

Los fines de semana me llevabas a tu finca, me cogías en brazos y nos la recorríamos entera para observar las novedades, descubrir si había nuevos nidos o simplemente para ver cuánto había crecido la hierba. Cuando había que recoger piñas para el fuego me paseabas en la carretilla por toda la finca, ¡me encantaba! Cuando tuve algo más de fuerza, era yo quien conducía la carretilla y por cada piña que te llevaba me dabas 5 pesetas para que las guardase en mi cerdito de barro.

Me encantaba jugar y observarlo todo, descubrir a tu lado cada día cosas nuevas sobre la naturaleza. Nunca olvidaré esos atardeceres que aprovechabas para regar las parras, una de tus pasiones; “tenemos que hacerlo ahora que el sol ya no quema”.

De tanto trastear por el campo, y no fueron pocas la veces, se me clavaba alguna espina en el dedo, entonces iba corriendo a buscarte casi llorando. Nos sentábamos encima de la cama, me decías: “no mires” y me lo quitabas; recuerdo un día que casi nos salta disparado a un ojo uno de esos fastidiosos pinchitos, menudas carcajadas que compartimos ese día.

El estrecho lazo que nos unía nos convirtió en inseparables. Era una relación realmente especial, encomiable. El amor mas desinteresado, profundo y transparente que nadie se haya podido imaginar.

Junto a ti recobraba toda la fuerza, me sentía con más vida, porque siempre estuviste a mi lado para aconsejarme, enseñarme y sobretodo quererme. Poco a poco te fuiste convirtiendo en mi ejemplo a seguir, eras mi maestro y mi amigo, lo eras todo para mí.

En mi mente guardo infinidad de recuerdos, aventuras e historias que desearía ahora poder estar recordando a tu lado, riéndonos sin parar en el sofá de tu casa.


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