ELISA

escrita por SAN RAFAEL dedicada a ELISA

lunes 8 febrero 2016    2.85 corazones

Lunes, 18 de enero de 2016

Mi querida Elisa

Ayer estrené mi condición de septuagenario, lo celebramos con agrado en familia y me recogí en el silencio habitual cuando me quedé solo, confortado por el ruido pero también por la calma.
En la penumbra de mis nuevos setenta años y frente a la chimenea en rescoldos, imaginé que el tiempo tuviese para mí un límite escaso, incluso con fecha conocida y, de un modo apremiante, inaplazable y sobre todo, con certeza, supe que debía pasar el resto de mi vida contigo, se convirtió en algo necesario, dejo de ser una posibilidad o una contingencia para transformarse en una necesidad paradójicamente liberadora.
Tengo el buen hábito de plantearle a las décadas lo que pretendo de los años, no sea que las décadas me los organicen a mí. Esta vez además, con más empeño, el tiempo es más escaso y no quiero dejar cosas por hacer. No creas que vivo bajo la amenaza de alguna enfermedad letal, ni que te escribo a las puertas de la muerte, pero la evidencia no admite duda Elisa, eres la mujer de mi vida y no voy a dejar que andes por ahí sin llevarte de mi mano.

He sabido de tu reciente soledad, de que has vuelto a esta ciudad buscando la compañía de tus hijos. El sábado te vi, casualmente, y me escondí como un niño en la esquina de Trafalgar, nervioso, recogiendo con los ojos cada parte de ti en ese escaso tiempo del que disponía mientras cruzabas la calle… ibas con tu caminar altanero y ese espíritu descuidado que paseas contigo como capa de armiño, ennobleciendo el aire. La piel de tus manos estaba cubierta por los guantes, pero reconocí la piel antigua de tu cara, con tu peinado blanco, el más elegante de la calle. En un descuido, casi se encuentran mis ojos con los tuyos, tan ávidos de ti que imagino entrar con mi mirada en ellos (en breve, espero, en el siguiente paso de esta declaración de amor tan repentina como trascendente).

Y así es como desde el sábado ando fuera de mí, pensé incluso contar a mis hijos el regalo que el tiempo me había traído al verte, porque has de saber Elisa, que no he vuelto a sentir como entonces, la intensidad y la impaciencia con la que me acercaba a verte antaño a la hora convenida, ni a poner aquel esmero al componerme, solo para abarcarte con urgencia en un abrazo y descomponerme de nuevo, con el corazón arrebatado, ocupado por ti. Y es un preciado recuerdo el primero de tus besos, cuando se acercaron mis labios a los tuyos en el bosquecillo de abedules de las afueras, después de merodear mis manos y mi boca por tu pelo castaño y por tu cuello. Por fin, pensé al besarte, como en un largo cuento en el que el lector espera que suceda. Es la suerte de amar, poder abarcar tu imagen con mi abrazo, disfrutar de tus labios, mirarte dentro a través de tus ojos y hablar contigo sin palabras. Era y es tu imagen un regalo para mis sentidos. Nos amamos, Elisa, y doy gracias por este cuerpo mortal que nos envuelve que me permite disfrutar de tu trato, respondo del placer infinito que la naturaleza nos otorga confabulándose ella con los amantes, esto es, contigo y conmigo
Y esta enajenación podría ser eso, ajena a la voluntad, inconveniente o incontrolable, o una dificultad para centrarse en la vida cotidiana pero en nuestro caso, era perfecta, porque además de amarte como lo hacía, te admiraba Elisa y hubiésemos pasado la vida juntos si el destino no se hubiese empeñado en lo contrario, como sabes. En aquél entonces te dejé ir, pensando que había tiempo por delante y que no había que violentar el destino. Que mientras que tú y yo anduviésemos vivos, el futuro era posible. Pero ahora que la vida ya va con el tiempo en descuento, llevo ventaja y veo que no había nada por delante más valioso que tú. Ya no quiero recuerdos Elisa, tengo el hoy y eres tú.

Qué fácil es quererte mi cielo, qué ganas tengo de mimarte, de que vayamos juntos de la mano por la Alameda de Santa Fe, que nos sentemos al sol en la terraza de Miraflores y escuchemos los conciertos del Real. Vamos a quitarle la razón a los que dicen que la vejez es tal y cual. Qué vejez ni que ocho cuartos, si me tienes en vilo, si desde que te vi ya no ando solo, me ocupas, me llenas, vives en mí y ando esperanzado escribiéndote, qué digo, trastornado más bien, con una emoción vibrante, encendido, me miro en los espejos de la casa anhelante y te hablo en ellos sonriente, incluso (no te rías) favorecido.

Lo que no ocurre no envejece nunca y es por esto que mi amor permanece joven, aunque hubo aquel arrebato antiguo nunca llegamos a tener la vida por delante y ahora te la doy, en esta declaración de amor en toda regla. Me conoces como un hombre positivo y con el mismo genio y figura continúo, cierto y seguro de que disfrutaré de ti en estos nuevos años. No me juzgues petulante, mi reina, no es que vayas a caer rendidita a mi solicitud, es que la razón me lleva, y el amor, la razón del amor mejor diría, la fuerza del querer que mueve el mundo y me ha movido a ti. Qué alegría Elisa, pero qué alegría, este amor sin drama, sin oscuridades, este arrebato placentero que convierte la cotidianeidad en un regalo diario. Un abrazo mi vida, bienvenida, Señora de aldabía.

Siempre tuyo,

MARCELO ALDABÍA.

 


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