El último viaje

escrita por Marisa dedicada a Carlos

miércoles 10 febrero 2016    0.00 corazones

Hola mi amor:

Regreso de Finisterre, ese lugar mágico, al que siempre habíamos querido ir pero que, siempre en el último momento, nos surgía un imprevisto y teníamos que posponerlo. Pero esta vez ha sido diferente. Hemos viajado por primera y última vez. Ha sido un camino sin retorno: tan cerca y tan lejos, una isla en medio del mar, línea difusa entre el cielo y la tierra. Vivir es morir un poco cada día y nuestro tiempo se ha esfumado. Los años, los meses, la vida pasa deprisa. Hemos tenido que separarnos pero, al menos, hemos hecho el último viaje juntos. Nuestras vidas han naufragado como barcos sin rumbo que, aún permanecen en el fondo del mar, marineros que lucharon y se dejaron vencer por un mar bravío rodeado de rocas amenazantes que nos avisan del peligro.

Habíamos hablado de ello y me habías pedido quedarte allí,  altar de dioses, rodeado de un océano sin confines, metrópolis sepultada castigada por Dios hundiéndola en las aguas del Atlántico, lugar de culto pagano, donde la tierra se acaba y el mar comienza. El principio y el fin. Más allá, no hay nada más, el cielo y el mar se confunden atraídos por el canto de las sirenas. Quizás de los fantasmas que naufragaron allí.

He reservado una casa rural en Lires. ¿Te acuerdas? ¡Cuántos viajes compartidos a través de las páginas del ordenador! La aldea es tal como la habíamos imaginado, cercana, tranquila, dueña y señora de los bosques que la rodean y de la ría que la envuelve cuando sube la marea. El agua del mar se adentra tanto en ella que parece engullir sus calles y sus casas. El día ha amanecido con niebla pero, con el transcurso del tiempo, la luz y el azul lo ha inundado todo. Desde la ventana de mi habitación he observado las casas que se descuelgan de la montaña balanceándose con los restos de bruma y que parecen jugar al escondite. Aparecen y desaparecen ante mis ojos en un complicado juego de magia. ¡Qué belleza mi amor! ¡Qué paz y tranquilidad! Pero, no he tenido mucho tiempo. Quería estar allí con la puesta de sol. He pisado las calles estrechas, tranquilas, transitadas una y otra vez por los peregrinos que recorren los caminos, viejas promesas por cumplir. O no, simplemente por el placer de andar y conocer sus recovecos, sus sendas llenas de leyendas, de historias mágicas, creencias sacras pero también profanas. ¡Qué sola me he sentido sin poder compartir la exultante naturaleza de las montañas, de los campos y huertos, aire húmedo que empapa todo lo que te rodea!

Sin embargo, el mar bravo me ha acompañado con sus agudos salientes de tierra y profundas entradas del océano desde Muxía a Fisterra. Hubieses disfrutado con las vistas del valle de Duio, verde y fértil. Quizás, toda esa belleza sea porque, un día la tierra fue bañada por el mar en una apocalíptica inundación. A lo lejos el Cabo Vilán, punto rojizo en el horizonte, me hacer recordar las historias de desaparecidos, de terribles naufragios, que a ti tanto te gustan. Veo un barco a lo lejos sin nadie al timón que se rompe en mil pedazos. Mi corazón también se resquebraja. Los fantasmas me persiguen arrastrando recuerdos y vivencias de toda una vida.

Cuando he llegado al cabo, las nubes habían desaparecido y el azul del cielo era tan intenso que pensé que la despedida iba a ser mucho más trágica. Era todo tan increíblemente bello que de pronto he sentido que mis pies no me respondían. No podía moverme pero, el tiempo seguía transcurriendo. La vida pasa pero, nosotros ya no estamos en ella. Observando el espectáculo he pensado que era el mejor lugar para morir. La claridad era tan intensa que se podía ver la belleza de la Ría de Corcubión, el Monte Pindo, el Olimpo Celta, enorme masa de granito dominando el fin del mundo. Me hubiese gustado guardar estos momentos mágicos, la belleza de esas rocas milenarias, que forman abstractas figuras y que nos invitan a escuchar viejos cuentos de hadas, historias de tesoros escondidos y de puertas sagradas que se abren para invitarnos a entrar. Robles que se levantan orgullosos para contemplar esa cascada mágica que cae al mar. Un mar inabarcable. Más allá, la inmensidad, pero también el vacío. La vida sin ti, ya no será vida pero, aún nos quedará toda la belleza compartida.

Cuando he llegado con la puesta de sol, de pronto, mi amor, he tenido miedo, un miedo que se ha propagado desde mi estómago a la garganta, como un terrible fuego interior. No podía esparcir tus cenizas al aire desde ese montículo, porque más allá no había nada, solo cielo y mar. He sentido vértigo de perderte y de no poder recuperarte jamás.

La vida y la muerte se abrazan como voces que cantan en un vibrante e inmenso final operístico. Si enterraba tus restos en esa tierra llena de magia e historia no te perdería jamás. El fin del mundo es un buen lugar para morir y te prometo, mi amor, regresar pronto contigo.

 


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