El reencuentro

escrita por Mia Lark dedicada a Alguien que aprende del saber

viernes 27 enero 2017    3.15 corazones

Aún me acuerdo de esa reunión con amigas de la infancia a través de Facebook que se materializó al poco tiempo. Ahí fue cuando volví a escuchar tu nombre, cuando volví a saber de ti. Amigas con las que prometimos no perdernos nunca la pista, y fue un ordenador quien unió las coordenadas para decidir que había una ciudad que quedaba justo en medio de todas las demás. Unas fueron en avión, otras en tren, una en autobús. El hotel con ese restaurante tan bonito, la emboscada. Y luego tú, que apareciste con tu traje impoluto y yo solo pude discernir esa sonrisa tan tuya cada vez que salías a la pizarra y dibujabas un corazón con nuestros nombres dentro a la hora del recreo. El atisbo del paso del tiempo reflejado en tus hoyuelos, en tu pelo canoso con alguna entrada que no te quitaba ni pizca de tu atractivo. Reconozco que cuando me dejaste deseé para ti menos generosidad que la que finalmente te había dado la madre naturaleza. ¿Vientre plano pasados los cuarenta y cinco? Venga ya, que nadie me vuelva a hablar de hipopresivos ni de dietas detox, tú menos aún. Siempre tuviste suerte: aprobabas sin estudiar, o eso decías mientras nos besábamos entre los libros de una biblioteca silenciosa, ante el insistente shhht de la bibliotecaria, la misma que me recomendó leer Cien años de soledad y tú dijiste que, sabiendo que yo estaba en el mundo, nunca te ibas a sentir solo. Yo me sonrojé, claro, igual que quince años después, cuando me clavaste tu mirada azul y yo volví a ver el mar ahí dentro, igual que la primera vez en el baile de final de curso. De entre todas, me elegiste a mí, y yo noté la mirada de la profesora de matemáticas clavada en mi nuca hasta la última nota de la canción de Nino Bravo. Me sentí volar, en mi estómago volaban las golondrinas de Bécquer, que a los dieciocho me tatué en mi brazo. Me acuerdo de la cara que puso mi madre. Seguramente pensó: “he ahí el primer error de todos”. Cometimos algunos. Muchos, quizás. El siguiente fue dejarte ir, pero me creí la promesa que me hiciste en nuestro columpio favorito: “Volveré”. Ahí Bécquer también hubiese tenido algo que decir, aunque yo siempre me acogí a Machado: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar.” Tu oportunidad de dar clases en el extranjero era un sueño que tenías desde niño. Cuántas veces no había flotado yo con tus caricias, con tus besos salados, con tu mirada de noble marinero. Pensé que lo había olvidado, pero ahí estabas tú, para recordarme que te quedarías en mi corazón. Unas hablaron de las joyas que les regalaban sus maridos, otras de los viajes, de la sortija que se olvidó en un avión y que la azafata le devolvió sin aliento, de los bombones y las cenas bajo la luz de las velas, de la satisfacción que dan los hijos. Yo no sabía dónde esconderme cuando te acercaste. Con tu paso decidido, solo veía en tus dedos de terciopelo una tiza blanca que escribía nuestros nombres. Y entonces te acercaste, y me diste dos besos. Y yo me perdí en tu mirada y por eso aún no estoy segura de si escuché bien lo que me dijiste: “He vuelto, y esta vez no voy a marcharme si no es contigo.” Fuiste mi mejor profesor de literatura. Ahora lo sé.


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