EL MENSAJERO

escrita por El Tehuelche dedicada a las madres solteras

sábado 28 enero 2017    0.00 corazones

Te escribo éste correo electrónico para decirte que decidí devolverte los regalos que me hiciste, y también las fotos que de un modo u otro me recuerdan a ti. Y no te preocupes, no pretendo ni quiero que me devuelvas nada de lo que yo te obsequié, es decir, todo lo que te di desde la sinceridad de mi amor, del que no me arrepiento. Pero no seré yo quien lleve a cabo la devolución, perdóname, no podría. Es más, creo que me dolería el reencuentro, aún en el caso que fuera breve, fugaz.

Paso entonces a describirte a la persona que cumplirá con mi encargo, y qué, para ese fin, viajará en los próximos días hasta tu ciudad. Quisiera, sería importante para mí, que lo recibieras en persona, y si así lo hicieras, como te lo ruego -si es que todavía tengo derecho a una súplica-, tal vez comprendas por qué, a pesar de los desengaños y peleas, hice lo imposible para que siguieras a mí lado.

Te cuento entonces. Mi mensajero tiene diecisiete años de edad, recién cumplidos, aunque por su rostro quizá parezca menor. Ah, y no te preocupes cuando lo veas llegar al volante de mi vieja camioneta, la misma que teníamos y conservo; él obtuvo en éstos días su primera licencia de conducir. Por favor, no te irrites por sus vestimentas; sabés, como psicólogo y docente, que a diferencia de la nuestra, esta generación prefiere vestirse de un modo bien informal y desaliñado, rozando a veces el ridículo.

Como todavía estamos en verano, tal vez se presente en ojotas o en patas, en traje de baño de esos largos por debajo de las rodillas, y de un género de colores que seguro no serán combinables; y hasta quizá lleve puesta una musculosa deshilachada con inscripciones que referencien alguna de sus bandas preferidas de rock. Te pido disculpas, pero al respecto casi nada puedo hacer.

Es alto y delgado pero fuerte. Sus espaldas son anchas, sus brazos musculosos, como sus piernas; ya lo verás. Su cabello es rubio, de un tono ceniza que creo encontrarás familiar; aunque no es tan lacio, sino más bien crespo, como el mío. Lo tiene un poco largo ahora; seguro que demasiado para tu gusto, pero, como antes te decía, casi nada puedo hacer en ese aspecto.

Cuando él te mire a los ojos, en especial la primera vez, tal vez notes alguna familiaridad en su mirada, o quizá no. De cualquier modo no te preocupes, no tiene importancia. Sus ojos grandes, ovoides al estilo oriental, asiático. Su nariz es recta, del tipo romano; no podría negar a sus antepasados venidos desde la itálica península. Su boca es amplia, generosa; y sus labios grueso el de abajo y fino el de arriba. Aún si están cerrados, expresan una bella sonrisa, y detrás esconden dientes de un blanco radiante, dientes de perfecto veneciano de los que seguro se jactarían sus abuelos paternos.

Aún no tiene vello ni pelos en el cuerpo, sus piernas son graciosamente lampiñas; ni que decir de la barba; creo que aún jamás se ha afeitado. ¿No sé si ello te recuerde algo? De todos modos no te preocupes, no tiene importancia. Te dije antes que son anchas sus espaldas, pero notaras que camina un tanto desgarbado, displicente. No te fastidies, creo que es el reflejo de su personalidad en desarrollo y de vaivenes de la adolescencia.

No tendrás tiempo, mientras él cumpla mi encargo, de descubrir su personalidad y su carácter; y menos sus pensamientos, ideas y costumbres; pero, si querés una pista, te cuento que es de una sensibilidad fina y adorable, un ser especial y permeable a las manifestaciones afectivas de las personas con las que interactúa. Supondrás que es tímido; lo parece, pero te aseguro que desde el primer momento en que él te vea, extraerá una radiografía acertada de tu persona; y podrá advertir si lo recibes con frialdad, indiferencia, o si lo haces con agrado y simpatía. Ojalá sea de este modo.

Es confiado, y concede crédito a las personas que recién conoce, y más si intuye empatía. En eso salió a mí, y sé que ello siempre te atrajo, aunque ahora nada signifique. Espero que puedas apreciar su bondad, aunque más nos sea en una primera impresión. Es una de sus cualidades principales; hasta te diría que la más importante. Es lo que lo define en una sola palabra: bueno. Bondad que es sencillez, modales correctos, delicadeza; pero que es mucho más: paz, compañía, cotidiana presencia, consejo, paño de lágrimas. Tal vez no lo recuerdes, pero yo sí, a la perfección, a pesar del tiempo, y en esa bondad veo, cada día, la de aquella persona que hace dieciocho años, adolescentes ambos, en un verano inolvidable, me enamoró para siempre.

Termino; no te impacientes. Confieso que me agobia escribirte; no por vos, si no por lo que siento; un permanente imposible. Un último favor. Iintentá ver más allá de lo tangible, trata de grabar en tu memoria su figura, sus movimientos, sus gestos; y quédate con la luz que puedas de sus serenas miradas. Si lo lográs, quizá con el tiempo, como te escribí al principio, entenderás por qué, a pesar de todo, consideré que vos y yo estaríamos unidos para siempre.

Te mando un abrazo.

Natalia.


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