DEL PRÍNCIPE, A BLANCA NIEVES

escrita por aspatos dedicada a a una princesa

miércoles 11 febrero 2015    3.39 corazones

Hola, espero que esté bien vuestra majestad; yo, también estoy bien, enfrascado como siempre en todos los asuntos de estado que la guerra provoca. Sí, lo sé, te quejarás de nuevo de que yo la inicié, es cierto, pero en verdad no está en mi naturaleza el poder evitarlo; tú lo has dicho: “Querer es poder” y yo no puedo dejar de quererlo. No aduciré de nuevo que es la costumbre, que si yo no tomo la iniciativa, otro reino lo hará contra nosotros, no lo haré por que ya lo he esgrimido antes y tu has despedazado mis argumentos uno por uno dejándome en la desesperación de reconocer que no es si no mi vano ego. Pero, si pudieras compartir lo que es ver a los hombres vestirse para la muerte, armarse mientras se vanaglorian de las hazañas hechas y por hacer. Si pudieras experimentar el mismo placer que siento al escuchar el cuero de las riendas del caballo, cuando quiere saltar sin permiso a la batalla. Pocas cosas hay como ver salir el sol junto al fuego, mientras el párroco llama a misa, sabiendo que en el campamento enemigo sucede lo mismo presagiando victoria y ruina.

         Pocas cosas en verdad pueden oponerse a esto, y tú, princesa mía, eres una de ellas. Entonces ¿por qué no puedo conciliarlos? ¿por qué debo elegir entre una u otra en vez de quedarme con todo y ser feliz?

Mis hombres y sus mundos reclaman todo mi tiempo, y se ponen celosos sin reconocerlo del que dedico a pensarte. Incluso esta carta ha tenido que arrancar instantes con demasiada autoridad. Y tu me niegas con dolorosa convicción, renunciando a lo que soy que no embona contigo, como si pudieras aceptarme sólo a pedazos, como si quisieras apenas un fragmento, como si yo fuera capaz de vivir como un rompecabezas incompleto.

         Pero yo no me rendiré, no he nacido para ello, creo antes bien, que ustedes cederán por mí mucho antes. Ellos con un sangriento golpe de estado por incompatibilidad de caracteres, o tú con un divorcio por hartazgo. Puede que incluso el estoque lo de el propio tiempo, para enseñarme que no se debe emulsionar arena y agua.

         Quizás el problema sea que has puesto demasiadas expectativas en mi frente. Quizás nos faltó tiempo, pero ¿cómo decir que no a tu cuerpo inmóvil en el bosque? ¿Cómo no robarte un beso cuando te creí dormida mientras sufrías el letargo de un extraño veneno?

Me dijeron que habías muerto, los tuyos plañían su pena con ensombrecido acento, jurando que el sol se había puesto para siempre, que jamás cosa más bella se había desperdiciado tanto. Pero te levantaste al roce de mis labios, y ante tu imagen decidí creer el portento y recibir la gloria vestida de milagro.

         A fe mía que de todos modos habría enfermado mi conciencia de conocerte en un baile cortesano, o guerreando allende las fronteras, o de campesina o villana.

         Imposible hubiera sido no notar tu talle, ni soñar romántico con tu presencia. Así que nos precipitamos en vestir el altar, a fin de cuentas estábamos predestinados, ¿cómo si no vencimos a la muerte? ¿cómo si no tuvimos por enemigo a la única bruja real que los vivos recuerdan? ¿cómo si no, esos remedos de hombres aparecieron para cuidarte, desapareciendo luego en sus insondables minas?

         Pero estoy seguro, que la peor de mis tragedias, fue que me pintaras de azul en tus sueños, de creer que no fornico, que no sudo, que no huelo.

 

Y sin más, eternamente tuyo, invitándote al pensamiento...

 


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