David de Madrid

escrita por Eddie dedicada a David

martes 9 febrero 2016    2.60 corazones

No sé por qué nos gustaba salir a manejar bien puestos (o "colocados" como dicen allá en tu país). Nunca me cansé de oírte decir lo mucho que encantaba Guanajuato; decías que era la ciudad más cultural que llegaste a pisar. Y sí, yo también estoy enamorado de esta tierra de ranas, momias, callejones y Festivales Cervantinos. Era divertido tocar estos temas contigo y salir los dos en tu BMW a perdernos en tan mágica y mítica ciudad que ni yo hasta la fecha he llegado a conocer al cien.

Ponías la música alta, fumábamos descaradamente y sólo nos dedicábamos a vagar por ahí bien pachecos, tú con una mano al volante y la otra entre mis piernas. Me encantaba morderte el cuello cada que nos agarraba un semáforo en rojo y que te desorientases por completo porque cómo te prendía que hiciera eso.

Cada vez se hacía más noche y recorríamos la ciudad. Yo juraba que terminaríamos en un bar o en algún otro antro repleto de gringos enfiestados; pero aquella noche estábamos tan torcidos que lo único que queríamos hacer era comer algo y luego ir a mi casa a acostarnos y seguir fumando (porque ya sabes cómo somos de atascados).

Te pedí que te estacionaras en algún supermercado para ir a comprar algo de comer, pero tú dijiste que iríamos a cenar a un restaurante lujoso. Que la verdad es que para mí cualquier cosa era un manjar si estaba contigo; pero tú siempre has sido bien mamón con eso de darte lujos. Y no digas que no, que hasta cuando me conociste no me bajabas de pinche indio tercermundista. Pero empezamos a salir y me enamoré de ti, de tu forma de pensar, de tu porte europeo, de los cientos de pequeñas cosas en común y de cómo caímos los dos en un abismo idílico cuando empezamos a compartir nuestros vicios.

Y ahí estábamos los dos, en un restaurante de mariscos que en mi vida imaginé pisar, demasiado drogados como para saber qué ordenar y terminar yo con un cocktail de pulpo y tú con uno de camarones a la diabla que picaban tal cual. Estabas tan concentrado en comer que ni me pelabas, sacabas la lengua a cada rato de lo enchilado que estabas y tu cara tan güera se tornaba roja y sudorosa; y entonces yo te robaba besos en la mejilla porque adoraba ver la cara de enojo tan única que ponías cuando te interrumpía entre cada bocado. Te robaba también tus camarones y te llamaba maricón por no aguantar lo picoso como cualquier buen mexicano lo haría, y te enojabas más pero poco me importaba porque te volvía a besar y entonces terminábamos riendo los dos como un par de locos.

Terminamos de comer, dejaste un billete sobre la mesa y me tomaste de la mano, como casi no solías hacerlo fue cuando supe que estaba enamorado de ti, de este amor tan imperfecto y de nuestro sueño de vivir en un eterno cervantino.

Y esto apenas fue el principio.

Te quiero.

Eddie


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