Con tacto hicimos contacto

escrita por Juana M dedicada a Nicolò

jueves 2 febrero 2017    1.00 corazones

En la vida, los encuentros maravillosos son aquellos donde no hace falta explicarse nada. Donde sólo queda sonreír porque, en el caos del mundo, una persona se ha vuelto el centro de gravedad del universo. Nunca he tenido un lugar al cual llamar “casa”. Mi casa son los no lugares, los corredores, los umbrales. Decía Hesse que la patria está en los ojos de los que amamos. Es por amor a esa patria que había aprendido tres lenguas; tres formas de ver el mundo, y ninguna era la tuya.


Ni tu ni yo creemos en las coincidencias, pero nuestro encuentro fue una sucesión de cosas improbables. Era mi penúltimo día en Barcelona, tú decidiste quedarte dos días más antes de regresar a Palermo. Decidí salir a caminar por la playa muy tarde en la noche, en los últimos días del verano; es decir, me estaba congelando y encima no tenía más cigarros. Recuerdo que me miraste de lejos, y yo igual. Estábamos sentados en dos sillas distantes sobre el andén. Así comenzó.


Desde el principio nunca nos faltaron las palabras para entendernos. Me miraste, me moví. Corrí el cabello de mi rostro, mirando el mar, ignorándote, engañándome. Tú decidiste cambiar de lado con tu mejor amigo, y te volteaste hacia mí. Saqué mi encendedor y recordé que lo único bueno de fumar es tener una excusa para hablar. Me acerqué, y no te hablé a tí, por cuestión de táctica y estrategia. Veía tu cara de sorpresa desde el rabillo de ojo. “Hola, ¿ Tienes un cigarro?”, le dije a tu mejor amigo. Me respondió “ai don spic spagnolo” con el acento siciliano más fuerte de planeta. Tú, tú te apresuraste como si tu vida dependiera de ello y me lo diste. Comenzamos (intentamos) a hablar. ¿Inglés? No. ¿Francés? No. ¿Español? No. Poco nos importó. Estábamos contentos de estar el uno con el otro.


Abandonaste a tu amigo, y comenzamos a andar. Yo te entendía en lingüística comparada, y tú entendías mis risas y las canciones de Lucio Battisti, Humberto Tossi y Rafaela Carra que te cantaba de a pedazos. Vimos el amanecer entre risas, miradas de la gente, y la sorpresa de sentirnos tan cómodos juntos. Me acompañaste a mi hotel, y nos prometimos vernos en el mismo lugar en la noche. No fui.


No fui por miedo a herirme, porque era demasiado difícil, porque sabía que podrías volverte algo importante. Volví sin decir nada, y me escribiste. La primera vez me acerqué yo y a la segunda fuiste tú el valiente. Tomaste un tiquete, y no aceptaste un no como respuesta. Fuiste a buscarme a Bordeaux una semana después, y confirmé mis sospechas. Todo funcionó. Gracias a reverso, un cuadernillo de sintaxis italiana y mucha voluntad descubrí tu lengua, y con cada nueva palabra, un poco más de ti. A veces no se trata de buscar, sino de aprender a recibir. Al principio no entendía porque tú, entre toda la gente con la que sería tan sencillo comunicarme, fuiste quien llegó a mi vida. No obstante todo ha cobrado sentido. En ti he usado todo aquello que he amado y aprendido. Eres el centro de gravedad del universo.


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