Carta a un adiós

escrita por Alejandro Doria dedicada a

lunes 10 febrero 2014    5.00 corazones

Estimado Arturo:

Ya no me pertenece el tiempo, la juventud es un recuerdo tan lejano, que apenas duele. Las cicatrices son rasguños en el alma, más que marcas en una piel ya ajada y arrugada. Mi pelo se ha tornado del color de un rayo de luna llena y siento que ha llegado el momento de escribir lo que no te dije, de decir lo que nunca había escrito, de ponerle palabras a las raíces de un sentimiento cuyas hojas se han ido desprendiendo. Es hora de volverte a ver, tú en mi pasado y yo en un futuro que no existe. Escucho los ecos del ayer, cuando te conocí y yo aún era una desconocida para mí. Cuando un barco de nostalgia arriba a un puerto, lo único que le queda es anclarse en la memoria.

Nos conocimos en el ocaso de un inhóspito invierno en Madrid, ¿recuerdas? Hacía un frío intenso, de ese que congela todos los dedos de los pies y los convierte en pequeños bloques de hielo insensibles, pero no por ello exento de belleza. Yo iba caminando cerca del Retiro, buscaba un bar llamado La Montaña, o La Cumbre o algo parecido, o algo muy distinto y que no logro recordar. Hacía muy poco tiempo que había llegado a la ciudad, no era más que una extranjera más en una ciudad que me parecía fría y gris. Yo venía de un mundo donde el calor y el color es signo de identidad, nuestra huella digital climatológica y cromática. El olor a mar aún acariciaba mis fosas nasales al despertarme cada mañana. ¿Recuerdas que te decía “huele a mar”?, y aspiraba profundamente mientras imaginaba que un aroma a salitre y arena calentada por el sol cosquilleaban mis pulmones, como pequeñas mariposas de añoranza con origen en la patria chica. El mar… tan profundo e inalcanzable que se convertía en un espejismo, un oasis en un desierto de pavimento y ruido.

Era joven, alocada, inocente e ingenua, pero eso parecía divertirte. Chocamos uno contra el otro, nunca supimos a ciencia cierta quién se estampó contra quien. Éramos dos trenes encaminándose a la vía muerta del destino. Mi aliento en forma de vaho se entremezcló con tu aliento en forma de asombro. Dos desconocidos se encuentran en una ciudad llena de desconocidos y de caras anónimas, y de todos esos rostros anodinos y fugaces tuviste que ser tú. Madrid nos sirvió de coraza, de excusa particular en un mundo general de abandono. Tu mirada fue lo más conocido que había visto desde que había llegado. En tu mirada estaba concentrado todo mi país, abandonado una noche amarga y triste, más triste que la noche que conocieron las tropas de Cortés. Sin árbol, pero perdida en las profundidades cristalinas de tu iris, en ese momento no me sentí extranjera en el extranjero. No hablaste, usaste el silencio como coartada para recorrer mi blanca cara, blanca como los copos de frío que caían de un cielo azul e infinito. ¿Recuerdas cuáles fueron tus primeras palabras? “hace un frío del carajo”, entonces me di cuenta que también eras una sombra exiliada, un alma con recuerdos lejanos de una tierra nacida y no muerta. Los recuerdos son el idioma de los sentimientos, dijiste una vez, parafraseando a tu admirado Cortázar. Los recuerdos para mí eran retales de segundos, minutos y horas de un pasado lejano. Quería un lugar en el que los recuerdos fueran inútiles. Quería yacer en el presente porque no hay recuerdos formados con el presente y yo quería vivir el presente y alejarme del ayer. Tú argentino y yo colombiana, tú de Buenos Aires, yo de Cartagena de Indias, tú el tango y yo la cumbia, rodeados de chotis, San Isidro y los sueños negros de Goya. Intentabas camuflar tu acento ya que decías que querías ser como un camaleón, confundirte entre la flora y la fauna que habitaba esa ciudad.

Olvidé la cita y el bar al que tenía que ir, paseamos y arrinconamos al gélido aire que nos rodeaba. Dotados de un aurea bendita que nos protegía de las inclemencias de un tiempo loco y absurdo, como absurdos eran nuestros gestos, casi adolescentes, agolpados e instintivos, paseábamos con la certeza ambigua del que no tiene ningún lugar al que ir. Pero dimos con un pequeño reducto que por una noche se convirtió en nuestro reino, era una pequeña taberna, cerca de la Plaza del Sol, regentada por un antiguo marinero portugués, donde me agarraste la mano por primera vez. Tus movimientos seguían siendo nerviosos, como furtivos, y dotados de la inmadurez del primer amor. Para mí no eras el primero y, por supuesto, para ti yo no era la primera, pero todo parecía formar parte de una locura shakesperiana inspirada en el crisol de lo desconocido. Fue en esa taberna donde compartiste por primera vez tus sueños conmigo, tu deseo de ser escritor, un héroe con pluma y papel. Tu lengua deslizaba relatos, cuentos e historias aún no escritas, anhelos del que tenía toda la vida por delante y era incapaz de ver las dimensiones del teatro. La juventud es esa máscara que todo lo envuelve de un falso entusiasmo que tan sólo perece cuando la dejas caer, y te das cuenta que la vida no es una carrera infinita y la meta está más cerca que el punto de partida. Escuchándote hablar, con esa pasión de autores a los que yo nunca había oído nombrar, de novelas escritas de tal y cual forma, no tenía ni idea de lo que estabas diciendo, pero en esos instantes fue la primera vez que me enamoré de ti, porque me enamoré de ti muchas veces. Yo era una ignorante y te reías cada vez que te preguntaba por alguna palabra incomprensible para mí o cuando me hablabas de alguien y yo pensaba que era tu vecino y era un premio nobel de literatura. Pero en esa risa no había malicia, era una risa limpia y sincera que surgía de la inocencia, así como mis dudas y mi torpeza cultural. Me perdía entre tus palabras, me entusiasmaba con algo que tan siquiera conocía. Eras un hipnotizador hindú y yo la serpiente que bailaba al son de tus palabras, al ritmo de tus sueños, con el acorde de una vieja canción tocada con una armónica en una noche fría como la soledad y oscura como la tempestad. Esa noche fue larga en horas y corta en percepciones, porque a tu lado el tiempo parecía ese enemigo que no te da tregua y lo único que desea es liquidarte por la vía rápida.

Recuerdo cuando me llevaste al zoo y lloraba y tú me preguntabas por qué lloraba y yo no podía hablar, sólo derramaba lágrimas e intentaba explicarte lo que me ocurría, pero tú insistías en que fuéramos a ver al oso panda y yo me negué. Únicamente cuando salimos del recinto pude decirte que lloraba de tristeza al ver a esos animales encerrados en jaulas, lejos de su mundo, de su origen, de su lactancia materna, igual que nosotros, Arturo, imagínate que nos encierran en jaulas y dejan que la gente venga a vernos, nos saque fotografías y les prohíban tirarnos comida, te dije. Me miraste como si fueras la única persona en el mundo que entendiera mi idioma, me besaste sobre las lágrimas, cuyo sabor te pareció salado y dijiste que lloraba lágrimas de mar.

Te gustaba la jarana, trasnochar y presentarme gente de lo más variopinta, casi todos artistas, escritores la mayoría, otros pintores, poetas, escultores, actores de calle, de teatro, músicos de esquinas, músicos de orquesta y bandas de rock; ese sí era un auténtico zoológico y no el de animales. ¿Recuerdas a Tino? El poeta de Vallecas que nunca escribía palabras que contuvieran la letra o, se presentaba como Tin y nunca decía cómo estás sino com estás, yo al principio creía que era catalán o extranjero, incluso que hablaba de esa manera porque tenía algún problema a la hora de pronunciar las palabras, luego ya supe que Tino era el único hombre en la tierra que quedaba que hablaba ese idioma; le hacía gracia saber que con su muerte también moría una lengua, eran tantas las lenguas que se estaban y se están extinguiendo al morirse las últimas personas que las hablaban. Son como pequeños riachuelos que van a parar a ríos mayores y se pierden entre sus aguas, entremezclando palabras, acentos y promesas. También recuerdo a Braulio, el pintor ciego que decía que Dios no le había dotado de la vista para poder distinguir mejor los colores, pero si eres ciego de nacimiento, le dije, ¿cómo puedes saber qué son los colores? Porque sé qué es la oscuridad, sé qué es la falta de color, el negro total, entonces pinto todo lo que se aleja de eso, pinto tu risa, pinto el ladrido del perro que corre tras la pelota que le ha lanzado su dueño, dibujo la caricia de Teresa, el olor del pan recién hecho por las mañanas cuando regreso de farandulear. Soy ciego, pero puedo ver donde otros no ven, aunque tengan el objeto o el tacto o el sonido delante de sus narices. Es mejor observar, que ver, y yo me paso la vida observando cómo el resto se olvida de limpiar cada día sus gafas de lejos.

Callejeábamos sin rumbo, sin dirección, corríamos bajo la lluvia y saltábamos sobre los charcos hasta empaparnos los párpados. Chueca, La latina, Retiro, Usera, Moratalaz o San Blas, coordenadas de un mapa de atardeceres y madrugadas de correrías, amaneceres imbuidos en el sueño de un Morfeo con posos de alcohol y sueños explicados al oído en secretos de confesión ateos y suspicaces de no cumplirse jamás, pero siempre nos quedaba la risa, tu sonrisa eterna y limpia. Cuando las cosas no nos iban bien, siempre me refugiaba en tu sonrisa, era como esconderse debajo de la cama cuando descubría que había horrorosos monstruos en mi habitación. En aquellos primeros días de Madrid todo iba bien, eran tiempos de vino y rosas, de piel de gallina al descubrir cada trazo de tu cuerpo, en cada suspiro que exhalabas establecía una colonia. Hacíamos el amor a cada instante, en cada rincón, a cada oportunidad que nos otorgaba la vida y por entonces la vida nos sonreía. Era la princesa de un cuento, la protagonista de una de esas películas en blanco y negro que veíamos juntos y que tanto me hacían llorar.

Nació Bartolomé, ¿recuerdas? Sus manitas, su color rosáceo. Tú decías que su piel era de terciopelo porque su tacto era suave, su respiración queda y su mirada clara y confiada. Le notaba palpitar sobre mi pecho y pensaba que podía morirme de felicidad en ese instante. Teníamos todo y en cambio parecía que anhelábamos todo. Recibiste la oferta de trabajo en una editorial de Barcelona y te seguí, como seguían las esposas a sus maridos en las guerras del Medievo y, efectivamente, nos enfrentamos a la guerra de nuestras vidas. Empezaron tus problemas con el alcohol, al principio me arrastraste en esa vorágine de viajar en una montaña rusa de colores y sensaciones, con el corazón en un ascensor que nunca sabía si subía o bajaba, tampoco parecía encontrar el botón de parada, simplemente me subí al tren equivocado y con la mordaza del amor confundí sentimientos y esperanzas. Eras un Míster Hyde encantador, un funambulista de la simpatía que tras unas copas de vino eras alegre como la sonrisa de un niño, avispado, ingenioso, culto y embrujador. Qué fácil era caer en tus redes, aunque estaban trenzadas en la impostura de un sueño. Tras la subida al trapecio de las emociones, quedaba el duro descenso al infierno de tu realidad alcohólica. Entonces te veía pequeño y débil, cuando yo pensaba que eras inmortal, un gigante de fuertes manos y voz profunda. Cada noche era una pesadilla de gritos y golpes que, poco a poco y trago a trago, fueron deshaciendo el hilo de la inocencia que habían cosido mis ojos. Pensé que podía redimirte, hacerte olvidar tus sueños de bohemio, pero todo era efímero como un reflejo. Promesas al día siguiente de resacas y alcazeltzer, juramentos baldíos y vacíos, rellenos de palabras de apariencia inocua y trucos de ilusionista para crearme la ilusión que volvías al redil, que volvías a ser tú, Arturo, el joven de cara hermosa, marmórea y definida, de ojos verdes tan profundos como un valle, radiantes de vida y calurosos como los rayos de sol de una mañana de julio. Pero ese rostro era la máscara, o quién sabe si la máscara era tu verdadero rostro. Mi dolor era profundo al ver ese semblante tallado por el cincel de Miguel Ángel convertido en una cara destruida, en un desconocido con ojos agresivos y mirada apagada.

Me volví sorda a las promesas del día después, obvié las lágrimas arrepentidas diciéndome que era la última vez. Cogí mis cosas y nos fuimos para nunca más volver, pero siempre acababa regresando, hasta que volví una mañana, como muchas otras, decidida a huir para siempre pero engañándome con esperanzas que únicamente sobresalían de una mente aturdida por el recuerdo de un ayer, y ciega por el dolor de mañana, dispuesta a no dejarte caer, dispuesta a salvarte del abismo, a darte una vez más mi mano franca y recuperarte para el mundo que un día compartimos. Tu cuerpo desnudo estaba junto al sofá, botellas rotas como nuestro porvenir, olor a tabaco y caricias rancias a una madrugada solitaria y fría, como frío era tu cuerpo al tocarlo, un espasmo violento y cruel atravesó mi espalda al notar tu tacto helado, era el tacto de la muerte, inerte e inmóvil, presagiaba un final anunciado, sin crónica de García Márquez, más bien una tragedia griega que había estado presintiendo y esquivando como si el dolor fuera algo ajeno, algo extraño, un extranjero como tú y como yo, pero que se presenta en casa como una visita incómoda a la que no puedes darle un portazo en las narices. El dolor, ese amigo ajeno, incordio, siempre va de la mano de la tristeza, porque la tristeza es el tentáculo del dolor, una prolongación que me indica que aún estoy viva, que tengo fuerzas para esgrimir un adiós, que la vida se nos va como el humo entre los dedos y que aún puedo recordarte tal y como te vi aquella mañana fría y gris de un Madrid ya lejano.

 


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