Ayer te odié

escrita por Eloy Monteamor dedicada a Marietta

martes 10 febrero 2015    2.41 corazones

Ayer te odié.

Sí, lo hice. Te marchaste aún de madrugada, dejando mis deseos como volátil aroma sobre almohada. ¿Es lo efímero la condena que merezco por amarte?

Siempre la madrugada. Ésa hora donde tú sales de la habitación sin hacer ruido y yo me hago el dormido para evitar ese beso que a ambos nos incomoda como si fuera un sello que pudiera formalizar algo a lo que, ni tú ni yo, queremos poner nombre. Un par de palabras que siendo ciertas podrían condenarnos a perderlo todo como se pierde el silencio cuando se osa nombrarlo.

Cuando llega la hora de tu marcha yo te observo con los ojos entreabiertos, sin que te des cuenta o sin que quieras darte, mientras te vistes despacito y te alejas de la cama, caminando sobre la punta de tus pies y con tus zapatos aún en la mano para no hacer ruido, dejando entreabierta la puerta. ¿Te he dicho alguna vez que me gusta tu forma de dejar entreabierta la puerta? Pero nunca te das la vuelta al franquearla. Nunca dejas dentro de la habitación una última mirada, y sé que no lo haces porque temes que yo interprete que vas a echarme de menos.

Si tú supieras cuánto te llevas cuando atraviesas la puerta , no creo que fueras capaz de andar con tanto peso. Alguien dijo que en el amor sólo existe una certeza, y que ésta es la del amor que se entrega. Y tú, al marcharte, estiras mis deseos y el anhelo de mi alma como un chorrito de miel que se alarga hasta lo imposible, debilitándose pero incapaz de romperse.


Insisto: te odié. Mas ya no. De nuevo te quiero. Aún más y aun sabiendo que antes de llegar te estaré echando de menos. No me dejes pensar en tu marcha antes de haber llegado. No me apetece ocultarme ni ocultarte. Mi corazón es estoico, pero no tanto como para diferenciar qué parte de mí es solo mía y no te pertenece.

Esperaré frente a un café, dando vueltas al azúcar con la cucharilla en el sentido de las aguas del reloj, como si con ello pretendiese acelerar la velocidad de las horas. ¡ Qué ingenuo soy ! Debes pensar que estoy loco por quererte de ésta manera. Te desnudo mis emociones y apenas las distingo de mis deseos, y a veces temo hablar de dos por si tu ausencia dejase de ser creíble sin una pátina de temor a ese número. Tu ausencia sería un peso insoportable.

Ahora mismo ando por casa con la camiseta que te presté anoche para dormir. Hubiese querido que hiciera más calor y que parte de tu sudor se hubiese impregnado en ella. No puedo renunciar a tu olor frente a esa primera hora que te ausentas, en una quimera que me exige estar cerca de ti desde el pensamiento hasta la piel. Volveré a apretar la almohada contra mi cara, buscando encontrarte en cualquier forma, e imaginaré que las arrugas de la sábana están dibujando tu cuerpo sobre ese desierto que es la cama sin ti.

Pero tú, al llegar la noche, volverás. La noche será amor y no será otra cosa. Y en cada instante compartido mi piel se fundirá como cera sobre acero caliente. No me censuraré excepto en mis silencios, y mis besos serán el mensaje criptográfico de mis palabras.

¡Ven ya ! Ven ya porque te amo y necesito de nuevo empezar a odiar tu ausencia.


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