Amor de tabaco

escrita por Ernesto C. dedicada a Señora Inés

jueves 5 febrero 2015    2.43 corazones

Amor de tabaco
 

Señora Inés,

 

Cuando la vi supe que de mi historia personal haría parte. Que de alguna manera esos ojos marrones se instalarían en mi memoria con la intención de quedarse para siempre. No creo en que algo dure tanto, todo acaba al fin de cuentas, pero desde que la conocí, hasta ahora, y ya han pasado cincuenta años, aquella mirada de chocolate espeso y caliente continúa clavada en mi memoria de la misma manera que el número de mi cédula.

 

Nunca pasé de fumador novato. Era muy joven, creía que era fuerte, me aventuré a imaginarla como un tabaco caro, quise tomarla, meterla a mi nariz y boca, para que al aspirarla, usted conociera mi interior y se enterara sin intermediarios que el amor que yo sentía era verdadero y visceral. Fue doloroso aquello. Me dio tos y náusea. Usted no nació para ser amada. No, me equivoco en eso. Usted no nació para amar a otros que es diferente, o por lo menos amar de modo sano. Entró a mi organismo y me quemó su humo de volcán, llamas y lava, cenizas hirvientes. Cuando salió de mi vida, ese yo de adentro estaba quemado y destruido.

 

Me volví un ser solitario y amargado. Huí del mundo. Creía que lo mejor era vivir en el campo y dejé a kilómetros la ciudad más cercana. Intenté limpiar ese hollín de mis pulmones a grandes bocanadas de aire limpio de montaña. No bastó; el viento helado bajo los pinos no purifica un alma, para eso se requiere amor y si éste no florece en tierra mustia, mucho menos lo iba a hacer en un hombre con el corazón fragmentado y seco.

 

¿A qué viene todo esto? Ni yo mismo sé, dicen que hablar de los males del alma de alguna manera los salva. Sólo hasta hoy, luego de tantos años de maldecir la vida, de echarle la culpa de la desazón que amarga hasta la misma médula y de intentar fumarme un desafortunado cigarrillo, entendí lo que había ocurrido conmigo, encontré las palabras y con ellas, alivio. En la caja decía “El tabaco es nocivo para la salud”. Algunas personas se parecen a eso, afectan más allá de lo físico y los dolores son más profundos, de cicatrización lenta.

 

Señora, de usted supe que se casó con un hombre de corazón congelado. Su hervor natural dio un poco de tibieza a la vida de ambos, pero no siempre esa temperatura es tan buena como uno a veces piensa. Me contaron que sus ojos reflejan tristeza. No me alegró eso, conociendo su ser, ni esperaba menos, ni deseaba más. Nunca albergo malos deseos para nadie, ni para quien me hace daño. ¿Soy un tonto? Sí, a veces. A pesar de eso, no evité pensar que con tanta maldad por dentro una persona como usted duraría lo que una cerilla encendida: calor, incendio, nada. Sin embargo, algunos fuegos conservan su estado por mucho tiempo. Usted es uno de esos, señora Inés, uno de esos.

 

La vida da ciertos castigos. Vivir mucho no siempre es un premio. Nunca lo pedí, pero, señora, llegaron los años y usted terminó cargando mucho peso en su alma y poca carne en sus hueso. Yo, por el contrario y sin pretensiones, me siento cada vez más ligero, mucho más ahora al exponer a la luz este humo espeso.  Es verdad que los años van deteriorando los cuerpos, pero van sanando a la vez el alma. Estoy viejo, me duele la carne, la piel, el esqueleto. Camino despacio, respiro lento, lo que hace que sienta más latente la paz que se fue instalando en mi interior con el paso del tiempo.

 

Tiraré el cigarrillo a la chimenea, señora Inés, con él se va mi odio hacia usted. Que el mismo fuego sane lo que creó adentro. 

 

Ernesto C.

Febrero de 1984


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