Amada Penélope

escrita por Espronceda dedicada a A los amores que (des)esperan

domingo 5 febrero 2017    2.54 corazones

Amada Penélope:

Te escribo esta carta con el deseo de que, aunque solo por un instante, intentes rescatarme del olvido. Comprendo que te será muy difícil porque el olvido también envejece y llega un momento en el que a los recuerdos les vence su fecha de caducidad.

 Me marché pensando en que nuestro amor sobreviviría al paso lento del tiempo. Fui presuntuoso y necio porque creí que para tu espera bastarían todas las palabras que susurre a tus oídos, todas las caricias que fijé a tu piel, todas mis promesas.

No supe entender que las palabras, las caricias, las promesas, se marchitan cuando no abrazan, no besan, no curan el miedo ni las heridas de la vida, de la misma forma que envejecieron, sin acordarse de mi nombre, todos los regresos.

Hay derrotas que te vencen y mi adiós vestido con aquel “volveré” fue una de ellas. Creé muros en tu corazón que te causaron cansancio y desaliento. Intuyo que mi ausencia acabó haciéndote sentir abandonada, y te convirtió en una isla solitaria en medio del andén donde esperabas mi llegada, rodeada de extraños, estrangulada por el dolor que desahució todos tus sueños y los ahogó en el cauce sediento de tus lágrimas. Porque duele tanto la esperanza cuando se desangra esperando sin alivio en los espacios vacíos que deja el amor en la inhóspita soledad del corazón abandonado, cuando se descompone, irremisiblemente, intentando hacer el inventario de las hojas que el otoño fue dejando caer en el olvido sin pedir permiso.

Y qué lejos estamos hoy de aquellos días en los que se nos llenaban los labios de besos, en los que transitábamos, abrazados al atardecer, las calles mientras estallaban de luz ante nosotros las luciérnagas.

Qué lejos y qué cerca queda ahora la canción de Serrat que lleva tu nombre, aquella canción que tantas veces, a media voz y como un rito, tarareábamos mientras jugábamos a ponerle nombre a las estrellas,  y que en todos mis momentos, como una sombra difuminada con olor a alcanfor, se diluye ineludiblemente entre mis manos y no es más que la cara que me devuelve el espejo cada día.

“Le sonrió
con los ojos llenitos de ayer,
no era así su cara ni su piel.
"Tú no eres quien yo espero”.
Y se quedó
con el bolso de piel marrón
y sus zapatitos de tacón
sentada en la estación.”

Ahora comprendo que con los años todo ha cambiado: cambiaron mis gestos, mi voz, hasta el nombre con el que solías llamarme, ya no es el mismo. Únicamente perduran inalterables las preguntas sin respuestas que encontraste detrás de mis silencios, y la mirada, Penélope, la mirada, esa mirada en la que insistes en permanecer en otro tiempo que solo a ti te pertenece.

Porque ahora, Penélope, he llegado hasta ti y me paseo entre toda esa gente que pisa los andenes de esta estación de tren donde van pasando las horas, mientras busco solamente un momento de tu lucidez para decirte que lo siento, que te amo, que miro caer inexorablemente las hojas de los sauces que habitan el paisaje de tus ojos, y me destierran a vivir tu soledad.

Porque no hay soledad que hiera más que aquella que no llamamos, aquella que no esquiva los recuerdos, que va muriendo a plazos y es el último aliento que sacude nuestra vida.

Aquí ya es de noche. Ven conmigo, amor, porque ahora, Penélope, soy yo el que espera.

Tu caminante.


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