A LAS CINCO DE LA TARDE

escrita por Sting dedicada a Los que perdieron a su amor verdadero

jueves 6 febrero 2014    2.68 corazones

A LAS CINCO DE LA TARDE.

Hace años que te fuiste y vivo la eternidad del tiempo que a cada minuto me recuerda que no estás. Roto de amor, siento que las palabras enmudecen en mis labios y siento la necesidad de escribirte, sentado en esta vieja plazuela donde te conocí aquel quince de Enero de… ya no recuerdo que año. Con la tez arrugada y llorosos ojos de viejo. Con la memoria anclada en el pasado, sin recordar lo que hice ayer… porque ayer no quise vivir.

Eras una muchacha adelantada al tiempo, librepensadora, de mente inquieta. Te empapabas a escondidas del saber que encerraban los libros de tus hermanos, que sí tenían derecho a estudiar. Tenías veinte años cuando la imagen de tu primera desnudez despertó la emoción en mis ojos inexpertos, que descubrían el despertar de tu carne virgen. La provocación de tus anchas caderas, la frescura de tu piel blanca, se encontraban con mi impaciencia cada tarde, a las cinco, junto al lecho del río. En la complicidad del secreto, eran sin duda más dulces las caricias.

Pero tu padre no estaba dispuesto a verte casada con un periodista que se rumoreaba ser republicano, y movió los hilos del poder para convertirme en un completo desgraciado. Perdí mi trabajo por no adecuarme al perfil de esposo idóneo. En el marco de una horrible guerra fusilaste mi alma diciéndome adiós una mañana de Diciembre. Afirmaste con serenidad que ya no me querías, que no era el hombre que te convenía… Y al cruzar la esquina, tus ojos, tus maravillosos ojos, se derritieron en lágrimas. Me estabas dando la prueba más férrea de tu amor y no supe comprenderlo. ¡Qué diferente hubiese sido mi vida si aquel día te hubiese visto llorar!

 Acepté una vacante en el Diario de Cádiz y me marché lejos, con apenas cuatro prendas en mi maleta de cartón. Cambié los besos junto al río por solitarios paseos en las arenas de la Caleta. Paredes de cal blanca fueron mi refugio y mi cárcel en largos años de cartillas de racionamiento; siempre respirando el aroma de tu inocencia en el azahar de los naranjos de mi calle… en completa soledad.

Como ya sabes, la noche del dieciocho de agosto del cuarenta y siete  se vistió de un luto aterrador. Recuerdo que era lunes y había entrevistado esa mañana a Antonio Machín. Me encontraba en el cine de verano, curiosamente viendo “Otra vez juntos”, cuando aquella fuerte detonación estremeció la ciudad. Aún resuenan en mi mente el crepitar de los cristales y  gritos pidiendo ayuda en la completa oscuridad. Por mi condición de periodista fui de los primeros en saber que había explosionado un almacén de torpedos de la base de defensas submarinas, junto al orfanato que todos conocían como “casa cuna”.

¡Qué cruel es el destino! En ese paisaje dantesco reconocí el dibujo de tu figura a lo lejos, junto a un alto mando del ejército. El tul del sombrero te tapaba ligeramente el rostro, y al verme, bajaste la mirada llorando amargamente. Él acarició tus manos y tú le dijiste que derramabas tus lágrimas por esos pobres niños a los que nadie echaría de menos… Y yo lloré por los que nunca tendría contigo. No volví a saber de ti.

Los años pasaron, hasta que pude emborracharme de libertad y gritar que tiempos pasados no fueron mejores. Entonces decidí regresar, para morir en mi tierra.

Fue en esta plaza donde volvimos a encontrarnos. Vestías de negro; símbolo de una viudez falsa que te había liberado, y simplemente nos saludamos. Cada día volví al mismo sitio para decirte “Buenos días, señora Soledad”, hasta que desoyendo habladurías te acercaste para decirme que nunca habías dejado de amarme, que aún paseabas por el lecho del río, siempre a las cinco de la tarde.

Fueron los años más felices de mi vida. El amor en la vejez es diferente, pero yo soñaba con los mismos ojos que hacía cuarenta años, y seguía sonrojándome al rozar tus labios.

 Mi querida Soledad, la de ojos de miel y avellana, hoy te recuerdo con falda escocesa y calcetines de lana. Hoy tu larga melena se vuelve a bambolear para sumergirme en la locura. Déjame atesorar estos recuerdos como reliquias del alma; quiero encallarlos, sin ellos no soy nada.

Te fuiste un amanecer de Diciembre, despacio, en silencio, para no despertar la magia que en ti vivía, para no perturbar la suave melodía que el viento tocaba en tu pelo.

Acudo a esta plaza cada día. Hoy es nuestro aniversario y le he contado esta historia a una joven que se ha sentado a mi lado. Tenía muchos libros en la mano, y me ha dicho que quiere ser maestra, como tú siempre habías deseado. Me ha escuchado, no sé si por interés o por lástima, pero me ha consolado.

Y cuando caiga la tarde, volveré lentamente, apoyándome en mi negro bastón, con miedo de llegar a casa y ver marchitas las azucenas que tú sembrabas, con miedo a que esta memoria traicionera me haga olvidarme de ti.

Sabes que te quiero con la pasión que no sabe contenerse. Siente el latido de este corazón que grita en la noche porque tu ausencia lo devora. Llévame ya contigo, quiero que tu aliento sea centinela de mi boca. En la morada del hastío habita mi alma enferma olvido. Por eso he escrito nuestra historia, porque tú siempre escribías lo que era importante, y lo pegabas en la nevera. Porque no hay para mí nada más primordial que besar tu retrato y decirte cada noche que te quiero. Aunque duela, entre mis sábanas quiero seguir respirando tu perfume a azahar. Mis besos guardan tu nombre: SOLEDAD.


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