365 Cartas

escrita por carlasndnglez dedicada a Amado mío

miércoles 28 enero 2015    1.92 corazones

                                     18 de octubre, 1852

                                                           Día 365

                                                       Carta 365

Amado mío:

Ya no soy quién de recordar la última vez que pude ver tus ojos, aquellas lapislázulis capaces de conseguir dejarme sin habla y hacerme perder el hilo de mis pensamientos. Ni siquiera llego a visualizar tu rostro; la imagen se vuelve cada vez más borrosa en mi mente, y no puedo permitir que desaparezca. A veces despierto a medianoche y pienso que sigues ahí, a mi vera. Te busco entre las sábanas sin encontrarte, vacías y frías, y entonces me percato de que ya no estás, de que no volverás junto a mí. Día tras día tu ausencia me va matando por dentro, paulatinamente, como una herida ensangrentada incapaz de cicatrizar.

Ya no soy quién de pensar en nada que no seas tú: tu albo rostro joven, el olor de tu cabello broncíneo, y el saber que nunca volveré a sentir ninguno de ellos conmigo, que jamás podré verte de nuevo. Sé que no conseguiré nada al escribirte, pero el papel y la pluma son lo único que me hacen sentir todavía cercana a ti y me ayudan a huir de la cruel realidad. También sé que me arrastro sin la posibilidad de obtener una última oportunidad, y que mientras la vela se está fundiendo a medida que te escribo estas palabras, los gusanos ya acaban contigo, amado mío.

Ya no soy quién de continuar con esta vida vacía de ti, vacía de verte cada mañana recién levantado y despeinado, de oír el acelerado latido de tu corazón cuando sientes cerca mi presencia, de rozar tus cálidas y ruborizadas mejillas cuando te susurro al oído, de caricias en tus sedosos cabellos y en tu suave piel. Una vida vacía de sentir tus mullidos labios sobre los míos una y otra vez, sin nada que los detenga.

Estas largas tardes que anuncian el fin del otoño me detengo a observar la puesta de sol, y sin quererlo te veo a ti; rememoro algunos de tantos atardeceres que contemplamos desde lo alto de la colina, en la amplia pradera donde me enseñaste a montar a caballo, donde pudimos ver nuestras primeras estrellas juntos, las cuales me parecieron las más brillantes que nunca había llegado a ver, sin importarnos nada más. Solos tú y yo.

Todavía sueño con el que fue nuestro primer beso; uno de los más hermosos momentos que vivimos cuando tan sólo éramos unos chiquillos inocentes. Ese ínfimo instante en el que los labios aún no han entrado en contacto, cuando nuestros alientos se mezclaron por primera vez, como un redoble de tambores previo al sonido del plato, y entonces un efímero chasquido de dedos. O la primera vez que nos sentimos, ya más mayores, piel contra piel, donde el amor y la pasión nos envolvieron por completo, únicos testigos de la fusión de nuestros cuerpos.

Nunca he creído en Dios, pero si existiese alguna posibilidad, aunque mínima, de que fuese real, estés donde estés, ayúdame a deshacerme de este dolor que me carcome por dentro y no me deja vivir, ayúdame a olvidarme de ti porque sé que tú ya me has olvidado. Por favor, ayúdame.

Esta carta es la última que te escribiré; ya ha pasado un año, trescientas sesenta y cinco noches, trescientas sesenta y cinco cartas, una por cada noche. Debo abrir al fin los ojos y darme cuenta de que por mucho que escriba, seguiré ahogándome en mis propias lágrimas, sumergida en la profundidad de mi agonía, pero ya no lo aguanto más. Seguir así es como volar sin alas, y con cada lágrima me hundo más y más en un amor del que hasta ahora no se ha conocido fin. Pues que tú no estés no significa que esto haya terminado.

Sólo hay algo que puedo hacer para salvarme de esta amargura, el final que esta nuestra historia se merece. No podemos estar separados, tú sabes que no podemos. Nuestros destinos están ligados de alguna forma y no conocen otro fin que estar juntos.

Ésto no es pues un adiós. A mi lado tengo las trescientas sesenta y cuatro cartas restantes, y tan pronto como ponga el punto y final en esta última me reuniré contigo allí donde te encuentres. Espérame, amado mío, y al fin seré quién de vivir, porque mientras tú estés conmigo, yo estaré viva.

Siempre tuya:

Victoria.

P.D.: PARA SIEMPRE.


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